Antonio Montero Moreno es un sacerdote y periodista retirado que, nacido en el 1928, vivió su infancia en la guerra civil. Fue obispo de Badajoz –esto lo digo orgullosamente– y en el 61 publicó su tesis doctoral, Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939. Este texto conforma un estudio minucioso acerca de las víctimas relacionadas con la Iglesia que se cobró la República.
Aun cuando no se quiera entrar en detalles morbosos y efectivamente no sea mi intención en este texto, reconocer el número de víctimas implica necesariamente rozar una degeneración profunda. Son 6832. Cerca de 7000 personas fueron asesinadas que hasta entonces vivían en vínculos con el catolicismo.
Si el número es atroz, quien decida explorar sobre el asunto encontrará que los métodos no lo fueron menos. Muchas de estas vidas se resolvieron de formas tan sádicamente creativas y perversas, tan macabras que resultan casi... litúrgicas. Casi sacrificiales. Heréticas.
¿Por qué tantos? ¿Por qué así? ¿Por qué a quien solo decidió entregar su vida a consagrar y compartir su fe? Porque una idea que tanto sentimiento mueve como para la renuncia voluntaria al amor carnal, al de esta vida, es demasiado fuerte y demasiado extensa. Porque donde vive una fe así no hay espacio para otra fe.
La idea de que algo así pueda cometerse sin un móvil puede ser transitoriamente válida para el nivel de comprensión de un niño y frecuentemente así se resume la maldad en los cuentos. Sin embargo, como adultos debemos esperar de nosotros mismos haber aprendido algo más en el camino. En este sentido, que el izquierdismo persiguió a la Iglesia porque esta coartaba la libertad de las personas es parte de la enmienda que el tiempo ha requerido para indultar sus crímenes. La verdad es que la izquierda persiguió a la Iglesia porque en su camino hacia el poder necesitaba el púlpito.
El socialismo y el comunismo son dos fanatismos hoy, como lo eran ya entonces, que ejercen el poder mediante una tenaza que involucra el retorcimiento ideológico de la moral y el empleo del miedo. El núcleo moral es compartido en ambas y la diferencia radica en la intensidad de su idilio con la violencia. En el caso del socialismo esa violencia es implícita, líquida, más bien un presagio de "lo que aguarda si". En el caso del comunismo, es explícita, física y brutal.
La parte que comparten en espíritu es un sucedáneo, desmembrado, envilecido y recosido del cristianismo que ofrece a sus fieles la seductora promesa de que perseguir sus deseos personales, incluso hasta el extremo precio de la vida ajena, puede hacerse desde una base ética que elimine la mala conciencia. El izquierdismo es la invitación a una bacanal de etiqueta, una puerta abierta al hedonismo sin mácula.
Donde el cristianismo decía "no envidies", el izquierdismo dice "tú no lo tienes porque él lo tiene". Donde el cristianismo decía "no robarás", el izquierdismo dijo "él te robó primero". Donde el cristianismo decía "ayuda al prójimo", el izquierdismo dice –y este cambio es fundamental, esto lo es todo– "con que lo parezca valdrá". Al final, cuando ese camino se recorre en suficiente profundidad, lo que se encuentra es un abismo donde el cristianismo decía "no matarás", y el izquierdismo lo completa "...si no lo merecen".
¿Y quiénes lo merecen? En realidad cualquiera. Como en toda religión, la bondad se define por lo incluido dentro del código moral. La maldad, por tanto, por lo que queda fuera. Dentro de ese marco, la obligatoriedad de respetar la vida de los malos es un asunto fuertemente sujeto a interpretación, tanto de cada fiel como por supuesto de sus ayatolás.
También como cualquier fe, el izquierdismo cuenta con una deidad, un ente abstracto del que todo nace y que a todo da sentido (en este caso, "la opresión"). También sus propios enviados mesiánicos (cada episódico libertador que aparece en un país en crisis), sus propios santos de mayor y menor grado (Marx, Carrillo, Ibárruri) y mártires (el Che). Su propio clero (los propagandistas), su propio infierno (el paraíso que crean para los demás) y su propia recompensa eterna (que en este caso, precisamente porque el socialismo es lo contrario al sacrificio, empieza ya con el botín que cada uno pueda agenciarse en vida).
Pero eso era antes. Hoy el izquierdismo ha parido, en parte para conservar la llama, nuevos catecismos. Esas sub-parroquias son el mismo núcleo con una cobertura de fresco barniz piadoso, que de nuevo justifica los viejos fines y capta los nuevos fieles. El ecologismo, el feminismo, el antirracismo... Que incluyen novedosas liturgias (el veganismo, el todes) y pecados (el mansplaining, el manspreading, la apropiación cultural). Todos son movimientos que de entrada centellean de autocrítica, de reflexión y por tanto de ética, que sin embargo no resisten un primer lavado sin descubrir el rojo.
El problema del izquierdismo, que nace de la idea de que la infelicidad de uno se debe a la opresión de otro, es que es incompatible con una vida en paz. Precisamente porque trasciende el mundo de las ideas –y por tanto de la razón– aguanta hoy imperturbable todos los desmentidos que la realidad ha hecho de la historia beatífica que a sí mismo se cuenta. Porque es emocional no frena ante los argumentos. Porque es indemostrable es indiscutible y por esto es inasequible a cualquier negociación. Porque es omnisciente están los demás equivocados, porque es radiante son los demás oscuros, porque es abstracto es cambiante pero perfecto y por ser perfecto están los demás mal hechos. Y porque es definitivamente bueno –por esto murieron tantos, por esto acabará siempre en la sangre de los otros– todos los demás serán malos y cualquier final será válido para cualquiera que en sus fines se interponga.