MK Ultra es el nombre de un proyecto ilegal desarrollado por la CIA entre las décadas de los 50 y 70 con el fin de descubrir nuevas vías de interrogatorio basadas en métodos químicos, físicos y biológicos. Entre ellas, el psiquiatra de origen escocés Ewell Cameron se involucró notoriamente en la que se centraba en el uso de técnicas de electroshock como método para inducir en el individuo un estado de desorientación que facilitase la creación de recuerdos artificiales.
De este experimento nace el título que Naomi Klein, una periodista y activista anticapitalista canadiense, da al libro que publica por primera vez en 2007: “La doctrina del shock: auge del capitalismo del desastre”. En él, la autora trata de exponer de qué manera ciertos gobiernos aprovechan la confusión civil generada por situaciones de crisis nacional para impulsar determinadas políticas –en el caso del libro, capitalistas–. Para que esto se produzca el único requisito indispensable es esa desorientación social, siendo válido en realidad cualquier detonante inicial del crack: un estallido bélico, un terremoto, un gran incendio. Una pandemia.
Dejando al margen la carga ideológica que arrastra su obra, la descripción del fenómeno es muy interesante en cuanto al retrato que hace de esta reacción poco explorada del poder, como la fotografía de un monstruito cazado en falta. Dicha reacción probablemente se produzca de manera más o menos invariable, pero es razonable pensar que la dirección que tome seguirá la dirección ideológica de quien lo ostenta cuando se produce la crisis.
Los españoles no parecemos haber nacido con la tendencia natural a ponernos de acuerdo entre nosotros, pero creo que hay evidencia suficiente como para afirmar que la confusión es un sentimiento generalizado desde hace al menos tres semanas. Y si, como dijo Harold Wilson –primer ministro británico por el Partido Laborista en los 70– una semana es largo tiempo en política, no digamos 3.
El pasado 13 de Marzo Pedro Sánchez declaró el Estado de alarma nacional. El estado de alarma es un régimen excepcional que puede instaurarse en España mediante la aplicación del artículo 116.2 de la Constitución y que según se recoge en esta misma fórmula debe tener una duración máxima de 15 días, debiendo ser aprobada su instauración o prórroga por el Congreso.
Mediante este procedimiento, el gobierno se atribuye poderes extraordinarios necesariamente en detrimento de las libertades civiles y las garantías democráticas.
Las directrices que deben seguirse en la aplicación del estado de alarma (y de otros, como el de excepción y sitio) se regulan en la Ley Orgánica 4/1981 que puede consultarse fácilmente en el BOE si es que uno quiere hacerlo.
En esta ocasión, su aplicación estaría justificada por el supuesto descrito en el capítulo II, artículo cuarto, apartado b de dicha ley orgánica: Crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contaminación graves. Vale, bien.
Cito ahora textualmente las medidas que el estado de alarma permite adoptar al gobierno (recogidas en el artículo once):
a) Limitar la circulación o permanencia de personas o vehículos en horas y lugares determinados, o condicionarlas al cumplimiento de ciertos requisitos.
b) Practicar requisas temporales de todo tipo de bienes e imponer prestaciones personales obligatorias.
c) Intervenir y ocupar transitoriamente industrias, fábricas, talleres, explotaciones o locales de cualquier naturaleza, con excepción de domicilios privados, dando cuenta de ello a los Ministerios interesados.
d) Limitar o racionar el uso de servicios o el consumo de artículos de primera necesidad.
e) Impartir las órdenes necesarias para asegurar el abastecimiento de los mercados y el funcionamiento de los servicios de los centros de producción afectados por el apartado d) del artículo cuarto (que hace referencia al desabastecimiento de bienes de primera necesidad).
El liberalismo es una corriente de pensamiento que defiende la limitación del Estado en pro de las libertades y derechos civiles (políticos y económicos) y por tanto parece bastante lógico considerar que de encontrarse en el poder un gobierno con esta tendencia en el transcurso de una crisis, la aplicación de la doctrina del shock se traduzca en privatizaciones. Es curioso reflexionar cómo, por contra, la aplicación teórica de dicha doctrina por un gobierno de tendencia socialcomunista –como el que tenemos– cuyo pilar ideológico es la intervención por parte del Estado de las propiedades y según qué libertades, coincida tan cómodamente con… el Estado de alarma.
Si quisiéramos resumir el efecto práctico de los los regímenes excepcionales que nuestra constitución permite aplicar, podría ser este: el Estado lo decide, regula e interviene todo a niveles solo vistos en países no democráticos. Afortunadamente –y precisamente para alejar al gobernante de oscuras tentaciones– las propias leyes que permiten el uso de esta herramienta establecen también una serie de limitaciones que impiden la transformación automática de España en una dictadura. Si se cumplen.
Misma Ley Orgánica, capítulo II, artículo octavo:
“Uno. El Gobierno dará cuenta al Congreso de los Diputados de la declaración del estado de alarma y le suministrará la información que le sea requerida.”
La mesa del congreso, dominada por una mayoría de PSOE-UP, decidió la semana del 20 de Marzo la congelación de la actividad parlamentaria y con ella, por ende, del control al gobierno por el Congreso. La Presidenta de la cámara, Meritxell Batet –PSOE– matizó que las preguntas escritas al gobierno no se verían interrumpidas. Y uno podría decir bueno, ahí está el control. Sin embargo, para que la oposición pueda recibir explicación de qué hace el Gobierno con todos esos poderes excepcionales que asume, es necesario que no solo puedan hacerse preguntas sino que además estas sean respondidas. Habitualmente el ejecutivo cuenta con un plazo de 20 días para ofrecer respuesta, pero este plazo se vio abolido quedando ahora la respuesta a discreción de la buena voluntad del Gobierno. Je.
La oposición propuso entonces la formación de una comisión telemática que permitiese solicitar información y hacer propuestas al Gobierno mientras dure la crisis. La Junta de Portavoces, de nuevo dominada por PSOE y UP, rechazó la propuesta.
Ya fuera del Congreso, el Gobierno debe someterse no solo a un control político sino también mediático. Si el control parlamentario no se cumple, este último menos. Alguno dirá que cómo puede decirse esto, si el presidente o sus representantes comparecen día sí, día también ante las cámaras. La dinámica está siendo la siguiente: el orador de turno convoca a los medios para salir en televisión hablando de lo que más le plazca –véase el keroseno– y cuando ha terminado, se le formulan una serie de preguntas que previamente han sido entregadas por los periodistas a Miguel Ángel Oliver –secretario de Estado de comunicación– quien las examina y filtra. Solo se le hacen al Gobierno aquellas preguntas que el Gobierno quiere responder. El resto, se guardan en un cajón. Si alguno se está preguntando si esto es normal, no lo es.
Esta anomalía motivó que aproximadamente 300 periodistas firmaran un manifiesto solicitando ruedas de prensa –no mítines– en las que pudieran preguntar lo que considerasen conveniente. Como respuesta, Oliver censuró en la siguiente reunión todas las preguntas enviadas por los medios que firmaron el manifiesto. Mientras tanto, los dos principales grupos mediáticos audiovisuales privados –que gestionan los informativos de más audiencia– recibieron esta semana una subvención por valor de 15 millones de euros.
"Dos. El Gobierno también dará cuenta al Congreso de los Diputados de los decretos que dicte durante la vigencia del estado de alarma en relación con éste.”
Esto, sencillamente, no está sucediendo. Nadie informa a la oposición de los decretos que van a valorarse –y para cuya aprobación es necesario su voto favorable–, de manera que en cada votación realizan un acto de fe.
Al parecer, el mayor control al que el Gobierno está sometido ahora mismo lo formarán las votaciones que cada quince días deben sucederse para la prórroga del Estado de alarma, por una oposición cuya iniciativa ante la gravedad de los hechos que se producen no parece ir más allá de un par de frases pegadizas.
Mientras tanto, en medio del caos sanitario, laboral, económico, informativo y cotidiano en el que España está sumida, algunos de los reales decretos promulgados durante el estado de alarma recogían en su letra pequeña cosas como la inclusión de Pablo Iglesias e Iván Redondo en el Centro Nacional de Inteligencia o el blindaje de la capacidad del Gobierno para acometer indultos pese a la situación de excepcionalidad. En Lledoners también aplaudieron ese día, y no fue a los sanitarios.
Al mismo tiempo, y con la que probablemente sea la mayor crisis económica de la historia contemporánea de España ya en el horizonte, Pablo Iglesias hace recurrentes referencias tergiversadas al artículo 128 de la constitución (Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general) en forma de periódicos destellos totalitarios, olvidando el 33 (donde se recoge el derecho a la propiedad privada y a la indemnización a los particulares por parte del Estado en caso de que por causas de fuerza mayor esa propiedad fuera intervenida). Por su parte, Alberto Garzón hizo un descanso en su baja paternal para fijar políticamente los precios de las funerarias.
La deriva que sigue el Gobierno es lenta y se encuentra parapetada tras el enorme ruido que genera la crisis –el shock– pero está clara para quien se tome el tiempo de identificarla, y no es otra que la encaminada a un cambio de régimen y el fin de la democracia liberal. Los dos argumentos que aquellos que prefieren una tranquilidad cegada usan para vendarse frente a esta posibilidad son la Monarquía y la UE.
Apenas un puñado de días hicieron falta para que Pablo Iglesias quisiera mezclar al Rey con la escasez de material sanitario en plena crisis por lo negocios de su padre, arengando a la población en su contra. Ayer, ERC y EH Bildu presentaban una moción al senado para despenalizar las injurias al Rey. Uno puede o no estar de acuerdo con la medida, pero la reflexión que no puede evitarse es ¿Por qué justo ahora?
Posteriormente, la UE rechazaba la propuesta de los gobiernos español e italiano de que el coste de la crisis sanitaria fuera sufragado por el conjunto de la Unión. António Costa, presidente de Portugal, afeaba los comentarios de algunos países miembros que recriminaron el comportamiento financiero de los sureños. Lo que pasó realmente fue que varios países del norte de Europa –que aproximadamente desde 2013 han encaminado trabajosamente sus políticas fiscales a la reducción de su deuda pública– supeditaron la ayuda económica a que los países solicitantes hicieran ese mismo esfuerzo. Para comprender esto es necesario conocer que la deuda pública que España tiene, en datos de 2019, es casi el 100% de su PIB. En el caso de Italia, hablamos de más del 130%.
Sin embargo, ¿qué mensaje se le trasladó a la población? Que la UE nos odia y nosotros debemos odiarla también.
En sus primera andanzas en la vida pública, Iglesias hablaba de la conveniencia de instrumentalizar el dolor como arma de toma de poder. Recientemente usa la palabra patria. En el juego visceral de la política, nada de lo comentado es casual. En un país donde la Monarquía y la UE gozan de amplio arraigo, que ambas tengan la potestad de frenar un cambio de régimen es algo sumamente inconveniente para quien tiene la intención de perpetrarlo. Y cuanto antes y más rápido comience a producirse desafección hacia ambas figuras, mejor.
Una nación devastada por la pérdida de sus seres queridos es un animal herido que, todavía humano, emprenderá su búsqueda de culpables. Aterrada por la quiebra económica que sin duda se avecina, tampoco se detendrá a leer la letra pequeña de quien le ofrezca un salvavidas mágico que pagarán otros. Quien tiene hambre lo acepta todo. Si esto puedo imaginarlo yo, que no me dedico a la política, sin duda lo sabe un profesional que lleva años esperando este momento.
Un confinamiento que se prolonga varios meses, donde las muertes se suceden en el exterior casi por miles diarias, durante el que el Gobierno toma medidas de intervención y apropiación de lo privado bajo el pretexto del bien común, asociado a una profunda crisis mediática e informativa… Forman el caos perfecto. ¿Quién recordará cuando la crisis sanitaria pase que en España las cosas se hacían de otra manera? ¿Que el Gobierno no podía filtrar las preguntas de la prensa, que no podía promulgar leyes sin dar a conocer su contenido, que estaba en la obligación de someterse al control democrático de la oposición, que no podía tomar el control de lo privado sin dar ni indemnización ni explicación? Y más importantemente, cuando la crisis económica arrecie, ¿A quién le importará?
No es una novela de Orwell. Ni una de Huxley. Es el socialismo de catástrofe. Es la doctrina del shock.
sábado, 4 de abril de 2020
sábado, 28 de marzo de 2020
Soldaditos blancos
Una noche, hace ahora casi tres semanas, nadie durmió en la urgencia del hospital en el que trabajo. En ese momento, seguramente nadie fue tampoco consciente de vivir el inicio de lo que después serían días trágicos pero históricos. La noche en vela desvirtuó las imágenes que conservo, pero se componen casi todas del resto de médicos y enfermeros con los que trabajé esa madrugada, inmersos en un movimiento frenético por tratar de sostener nuestro pequeño fuerte. También del shock a la mañana siguiente y del convencimiento estupefacto de haber sido tocados por el demonio invisible contra el que habíamos peleado las 24 horas previas.
Desvirtuados o no, ahora sé que esos recuerdos estarán conmigo para siempre. Muchas de las personas con las que compartí esa guardia cayeron enfermas a los pocos días. Al cabo de unos más lo hice yo mismo, y el confinamiento deja tiempo para pensar en muchas cosas. Algunas afortunadamente alegres, otras no.
Aprovechamos la paz para pelear contra molinos de viento y creamos enemigos inexistentes que traían épica a nuestras vidas fáciles. Ahora, la historia nos ha traído en un truco una III Guerra Mundial como nadie la esperaba, recordándonos de nuevo que a su lado somos solo niños que gatean.
La guerra llegó como una plaga, cabalgada por un enemigo que también era invisible –como aquellos que nos entretuvimos inventando– pero no irreal. Nunca imaginamos que esta vez sería el ejército el que haría los hospitales, y la batalla un puñado de soldaditos blancos. No lo vimos porque esperábamos Normandía.
Casi no rezaba desde el colegio católico al que fui. Ahora lo hago cada noche mirando al techo de mi pequeño cuarto mientras pienso en los soldaditos que yo conozco.
Pienso en mi madre, mi mujer de verde. Es enfermera de cuidados críticos y la imagino batallando con el material del que está hecha: la ternura con los vulnerables y la fiereza contra quien los desproteja. Con ambas me ha cuidado, y ninguna de las dos ha usado nunca para sí. A más de 300km ahora, a través de su imagen en la contienda me invaden el orgullo y el pánico.
Pienso en mis amigos de la facultad. A todos ellos, por unos u otros motivos, los he admirado en secreto desde el primer día. Alguno busca ya otro sitio al que mudarse para no poner en riesgo a su familia, pero aún no lo ha dicho. Los imagino como siempre, creciendo a enorme rapidez frente a cualquier cosa, más grandes que lo que viene, sea eso lo que sea. Y me pregunto también dónde, debajo de sus risas incansables, guarda cada uno su angustia y sus dudas.
Pienso en el resto de mis compañeros de curso. Me pregunto si estarán bien. Qué hacen. Si tienen miedo. Quién será cada noche, antes de dormir, su imagen sobre el techo.
Pienso en todos esos guerreros que en primera línea del frente han debido aprender a protegerse con bolsas de basura porque en un acto más de humillación se les niega su armadura.
Y pienso en el resto de quienes conozco, y también en los que no. Cuántos habrán perdido algo, cuántos todo. Cuántos aún no pero lo harán. Pienso en los abrazos que penden de un hilo. En las disculpas que han quedado sin decir. Y en los adioses negados. En los que construyeron todo lo que tenemos cuando tuvieron fuerza y ahora que ya no, se marchan sin que nadie coja su mano como enterrados en la arena de un reloj. Pienso en si nos quedarán de esto al menos las lecciones, o seguiremos apurando a los finales para decirnos lo importante.
Luego, de nuevo hasta mañana, espanto como puedo a los malos pensamientos y recordando el futuro que yo espero –el empeñado en ser promesa en lugar de una amenaza– me convenzo de que pasará.
Pasará. Y cuando pase, volveremos a ser el sol de Europa. Su contacto, su alegría y su verano eterno. Pero muchos ya no estarán aquí para verlo, y pienso que ojalá a ellos los tenga España siempre en su memoria, por si en esa obstinada esperanza pudiera nuestro recuerdo devolverlos a la vida.
Desvirtuados o no, ahora sé que esos recuerdos estarán conmigo para siempre. Muchas de las personas con las que compartí esa guardia cayeron enfermas a los pocos días. Al cabo de unos más lo hice yo mismo, y el confinamiento deja tiempo para pensar en muchas cosas. Algunas afortunadamente alegres, otras no.
Aprovechamos la paz para pelear contra molinos de viento y creamos enemigos inexistentes que traían épica a nuestras vidas fáciles. Ahora, la historia nos ha traído en un truco una III Guerra Mundial como nadie la esperaba, recordándonos de nuevo que a su lado somos solo niños que gatean.
La guerra llegó como una plaga, cabalgada por un enemigo que también era invisible –como aquellos que nos entretuvimos inventando– pero no irreal. Nunca imaginamos que esta vez sería el ejército el que haría los hospitales, y la batalla un puñado de soldaditos blancos. No lo vimos porque esperábamos Normandía.
Casi no rezaba desde el colegio católico al que fui. Ahora lo hago cada noche mirando al techo de mi pequeño cuarto mientras pienso en los soldaditos que yo conozco.
Pienso en mi madre, mi mujer de verde. Es enfermera de cuidados críticos y la imagino batallando con el material del que está hecha: la ternura con los vulnerables y la fiereza contra quien los desproteja. Con ambas me ha cuidado, y ninguna de las dos ha usado nunca para sí. A más de 300km ahora, a través de su imagen en la contienda me invaden el orgullo y el pánico.
Pienso en mis amigos de la facultad. A todos ellos, por unos u otros motivos, los he admirado en secreto desde el primer día. Alguno busca ya otro sitio al que mudarse para no poner en riesgo a su familia, pero aún no lo ha dicho. Los imagino como siempre, creciendo a enorme rapidez frente a cualquier cosa, más grandes que lo que viene, sea eso lo que sea. Y me pregunto también dónde, debajo de sus risas incansables, guarda cada uno su angustia y sus dudas.
Pienso en el resto de mis compañeros de curso. Me pregunto si estarán bien. Qué hacen. Si tienen miedo. Quién será cada noche, antes de dormir, su imagen sobre el techo.
Pienso en todos esos guerreros que en primera línea del frente han debido aprender a protegerse con bolsas de basura porque en un acto más de humillación se les niega su armadura.
Y pienso en el resto de quienes conozco, y también en los que no. Cuántos habrán perdido algo, cuántos todo. Cuántos aún no pero lo harán. Pienso en los abrazos que penden de un hilo. En las disculpas que han quedado sin decir. Y en los adioses negados. En los que construyeron todo lo que tenemos cuando tuvieron fuerza y ahora que ya no, se marchan sin que nadie coja su mano como enterrados en la arena de un reloj. Pienso en si nos quedarán de esto al menos las lecciones, o seguiremos apurando a los finales para decirnos lo importante.
Luego, de nuevo hasta mañana, espanto como puedo a los malos pensamientos y recordando el futuro que yo espero –el empeñado en ser promesa en lugar de una amenaza– me convenzo de que pasará.
Pasará. Y cuando pase, volveremos a ser el sol de Europa. Su contacto, su alegría y su verano eterno. Pero muchos ya no estarán aquí para verlo, y pienso que ojalá a ellos los tenga España siempre en su memoria, por si en esa obstinada esperanza pudiera nuestro recuerdo devolverlos a la vida.
jueves, 12 de marzo de 2020
COVID-19: la hora de las decisiones adultas
He salido de guardia, he ido a comprar mis cereales favoritos al Mercadona y he visto que la balda estaba arrasada. He dicho cosas que han hecho llorar al niño Jesús y luego me he puesto a escribir esto por si ayuda a que algunos pongan sus prioridades en orden.
En primer lugar, entiendo que la situación es complicada. La información que llega –por vías científicas– ya es difícil de manejar incluso para los que tenemos conocimientos suficientes, por lo que es comprensible que aquellos que no los tienen puedan perder el norte ante la –pésima– información que llega por vía periodísticopolítica. Esto no significa que haya justificación para lo de mis cereales. Así que vamos por partes:
Para empezar, no existe cosa tal como “el coronavirus”. Los coronavirus son un grupo de virus pertenecientes a la misma familia, con distintos subtipos, que en su mayor parte son causantes de resfriados estacionales y gastroenteritis. Dentro de estos subtipos, se conocen tres con capacidad para producir cuadros de mayor gravedad en humanos. Uno de ellos, el más novedoso, es el que conocemos con el nombre de Covid19. Previamente, en 2002 y también con inicio en China, surgió el SARS-CoV (Severe Acute Respiratory Syndrome-Coronavirus), que alcanzó una tasa de mortalidad del 9’5% y del que no se han vuelto a detectar casos desde 2004. Tras él, el MERS-CoV (Middle East Respiratory Syndrome-Coronavirus) nace en Arabia Saudí durante el año 2012, afectando en su mayor parte a países de la península arábiga y alcanzando una mortalidad de hasta el 34’5% de los casos conocidos.
Estos virus tienen la capacidad de infectar tanto a humanos como a animales. En algunos casos, podría decirse que en realidad su principal hospedador son los animales y que de manera colateral pueden contagiar a las personas. Reciben entonces la categoría de zoonosis. Este sería el caso del MERS, cuyo reservorio inicial teórico habrían sido los murciélagos y su principal transmisor los dromedarios –de ahí su confinamiento a países Árabes-. Según la información de que se dispone, el virus actual tendría este mismo comportamiento, y aunque el/los animales a los que es propio no han sido identificados hasta ahora, parece que su principal fuente serían también los murciélagos. Sin embargo, que el brote naciera de este u otro animal es algo que en el momento actual tiene poca relevancia. El hecho de que se transmita entre humanos tiene mucha más y eso nos lleva a la siguiente parte.
Este virus se transmite de una persona a otra a través de pequeñas gotitas de fluido que se liberan al exterior cuando alguien habla o, más importantemente, tose. Esas gotas que contienen el virus pueden directamente infectar a alguien que las reciba o, menos frecuentemente, a través de la persistencia del patógeno en objetos inanimados que hayan sido impregnados con estas secreciones y con el que el futuro contagiado tenga contacto antes de, por ejemplo, frotarse los ojos o rascarse la nariz.
El virus no es tan fuerte como para atravesar nuestra piel, que supone una importante barrera defensiva. Sin embargo, las zonas que están desprovistas de ella –los ojos, la boca, el interior de la nariz…– son el talón de Aquiles. Esta información es la que justifica algunos de los consejos más importantes para detener el incremento de casos:
1. Lavarse las manos: Las manos son nuestro principal instrumento de contacto con el entorno y la manera más probable de interaccionar con superficies contaminadas es a través de ellas. El jabón o las soluciones desinfectantes matan el virus y muerto el virus no hay contagio. Fácil.
2. No te toques la cara: Probablemente la medida más disponible y al mismo tiempo más difícil de adoptar. Un curioso estudio realizado en 2015 demostró que nos tocamos la cara un promedio de 3000 veces al día, la mayoría de ellas de forma inconsciente. Si nuestras manos entran en contacto con el virus y posteriormente nos tocamos la cara, acercamos todo el material infeccioso a nuestros tres puntos débiles: ojos, nariz, boca.
3. Si vas a toser, tápate con el codo: Tengo una amiga que odia que le toquen el codo. Y tiene razón, tocarle el codo a la gente no es algo natural. Por este motivo, si una persona infectada tose en el interior de su codo, el riesgo de que esta parte de su cuerpo contamine otras superficies es muy bajo. Desde luego, muy inferior al de toser sobre la palma de la mano. Además, al usar la mano para taparnos infringimos de manera directa la norma número dos.
Y otras medidas más:
3. No visites lugares concurridos a menos que sea necesario –especialmente centros sanitarios–. La gente hace de normal un uso irracional e irresponsable de los servicios sanitarios. Punto. No todo malestar justifica una visita al médico y mucho menos a urgencias. Si hoy te duele un poco el pie, ya se te pasará. Si tienes una contractura, deja de ir al gimnasio unos días. Si te duele la cabeza, toma el analgésico que has tomado cuarenta veces o espera un rato a que se te pase. Eso debería ser así siempre. Hoy, aún más. Los centros sanitarios son enormes focos de contagio por lo obvio: están llenos de gente enferma.
4. Haz un buen uso de las mascarillas: si eres de los que ha escuchado eso de que la mascarilla no protege pero has hecho acopio porque “entonces por qué los médicos las llevan, eh”, tengo una mala noticia para ti y para todos. Eres otro idiota suelto sin supervisión. No existe ninguna conspiración sanitaria que pretenda engañarte para que te contagies antes que nosotros. La cosa va así: hay distintos tipos de mascarillas. Las que la mayoría está usando para no contagiarse son las que coloquialmente llamamos “quirúrgicas”, que están diseñadas para que de los orificios faciales del que las lleva no salgan partículas que contaminen el exterior. Por tanto, estas mascarillas no son útiles para no contagiarse sino para no contagiar a otros. El motivo de que los sanitarios las llevemos es que somos personal expuesto y por tanto nuestro riesgo de infectarnos y transmitir a otros la infección se presupone mayor. No nos las ponemos para no contagiarnos nosotros sino para no contagiar a los demás. Las mascarillas que usamos para protegernos de la infección al contactar con posibles casos son de otro tipo. Además, las mascarillas son un utensilio que se contamina rápidamente. Si manoseas la mascarilla y luego te la pones en contacto directo con boca y nariz, ¿qué estas consiguiendo? Incumplir el punto dos. Sin embargo, si has estado expuesto al virus y crees que puedes contagiar a otros, el uso de la mascarilla al estar en contacto con personas sanas vulnerables es buena idea. En caso contrario, deja de intentar conseguirlas. Puede parecerte increíble, pero en algunos hospitales ya no hay suficientes para seguir viendo pacientes.
Hasta ahora, todo es tan sencillo que hasta un niño lo entendería. Pero este texto está dirigido a adultos y, por tanto, en lo que sigue es hora de que nos tratemos como adultos. Eso requiere necesariamente hablar con franqueza de temas difíciles.
Es un mecanismo defensivo humano negar las realidades que nos hacen sentir incómodos. Sin embargo, no es posible evitar las consecuencias de negar la realidad. Por eso, si alguno aún necesita que alguien se lo diga abiertamente para empezar a creerlo, aquí dejo el mensaje: la situación es realmente grave. Voy a intentar explicar por qué.
Se dijo al principio que el Covid19 era como una gripe. Posteriormente ha empezado a decirse que no. Yo creo que, al menos desde el punto de vista teórico, la comparativa entre ambas infecciones es más que válida porque:
1. Los síntomas son similares: la afectación de ambas patologías es principalmente respiratoria, asociando fiebre, tos, malestar general y otros rasgos menos frecuentes pero también propios de los virus como la cefalea o el malestar intestinal.
2. Rapidez de contagio: en epidemiología y salud pública, cuando se quiere estudiar el potencial de contagio de una enfermedad, frecuentemente se utiliza un parámetro llamado número reproductivo básico o R0. El R0 representa el promedio de nuevos casos que se deben a un caso preexistente durante un cierto periodo de tiempo. Se considera que una enfermedad tiene un alto riesgo de contagio cuando el R0 es mayor a 1. Si comparamos dicho parámetro para el virus de la gripe gripe –técnicamente llamado Influenza– y el Covid19, obtenemos valores de 1’3 y 2’2 respectivamente. A simple vista, parece claro que el ritmo de contagio del Coronavirus es muy superior respecto al virus de la Influenza. Sin embargo, estos datos resultan engañosos si los observamos por sí solos, sin tener en cuenta un enorme factor de distorsión. La gripe es un virus para el que existe una vacuna de eficacia relativamente alta, no siendo así para Covid19. Para entender la influencia lógica que esto tiene sobre el ritmo de contagio, es necesario describir brevemente el concepto de inmunidad de rebaño. Cuando un gran número de personas se vacunan respecto a una determinada enfermedad, estas personas actúan de manera indirecta como cortafuegos a la hora de evitar el contagio de los no vacunados. Si un virus ha de transmitirse de una persona a otra, es difícil que lo haga eficazmente cuando se encuentra “aislado” entre personas que gracias a la vacunación no pueden contraerlo y por tanto no pueden extenderlo. Esto hace tiene una gran importancia a la hora de interpretar el R0 de las infecciones que comparamos, ya que la gripe cuenta con esos cortafuegos para ralentizar su ritmo infeccioso, al contrario que el Covid 19. Las conclusiones que pueden sacarse de esto son principalmente dos. La primera, que la capacidad infecciosa intrínseca de ambos patógenos probablemente sea similar y la superioridad del Covid respecto a Influenza se deba en gran parte en la no-existencia de una vacuna eficaz por el momento. La segunda: vacúnate de la gripe, joder.
3. La gravedad de la enfermedad es similar. Sé que existen datos recientes que contradicen esta afirmación y lo cierto es que yo no puedo aportar otros sustentados en la evidencia para rebatirlos, pero puedo tratar de explicar por qué creo que lo más lógico es asumir que es así. Para empezar, muchas personas están convencidas de que la gripe es una enfermedad leve. Esto no es del todo cierto. El virus de la Influenza tiene capacidad para matar fácilmente a personas vulnerables, como de hecho hace cada año. ¿Quiénes son estas personas vulnerables? Lógicamente, sobre todo personas mayores y/o con enfermedades sistémicas, respiratorias o cardiacas preexistentes. ¿De qué otro virus llevamos semanas escuchando lo mismo? Exacto. De hecho, también existen casos –por fortuna habitualmente excepcionales– de personas jóvenes y sanas que finalmente fallecen a causa del virus de la gripe, cosa que sucede de igual manera con los infectados por Coronavirus. Si hablamos de números, sabemos que la tasa de mortalidad anual de la gripe –por ejemplo, en USA– es del 0’1%. La actual tasa de mortalidad por Covid19 se ha fijado en 2’3% por ahora. Sin embargo, probablemente la diferencia entre ambos patógenos sea de nuevo muy inferior a la que reflejan los datos. Por qué: A la hora de establecer comparaciones objetivas, encontramos varias dificultades. La primera es que es casi imposible extrapolar las estadísticas que poseemos sobre la gripe –cuantiosas, muy estudiadas, de afectación global– a las del Covid19 –mucho más escasas, aún en confección, circunscritas al puñado de zonas afectadas y a las condiciones de vida vinculadas, ampliamente afectadas por sesgos de cointervención–. La segunda, la gripe es una enfermedad que conocemos, para la que existe una vacuna y sobre la que cada año se ponen en marcha campañas de prevención. Nos pilla preparados. De hecho, cuando no es así, la gripe también produce clusters importantes de mortalidad (“gripe aviar”, “gripe porcina”…). El Coronavirus ha aparecido de la nada, por sorpresa, y procedente de un país con una gran capacidad de exportación que además tiene como norma la opacidad informativa y el falseamiento de datos. De nuevo, no disponemos de una vacuna ni conocemos su ciclo exacto. Por último, hay que comprender que las tasas de mortalidad se ven muy sesgadas según los procedimientos diagnósticos previos. Disponemos de pruebas baratas y rápidas para el diagnóstico de la gripe y por tanto frecuentemente se realizan a la población general. De hecho, en época de gripe estacional, la evidencia respalda asumir que un cuadro compatible es un diagnóstico de gripe. De esta manera, el número de personas diagnosticadas es enorme e incluye a personas graves, personas con síntomas leves, personas en riesgo y personas que no. Esto es radicalmente distinto para el Coronavirus. Por poner un ejemplo, los protocolos puestos en marcha recientemente por el Ministerio de Sanidad –una auténtica chapuza– tenían como uno de los criterios para realizar la prueba diagnóstica del Covid la gravedad del paciente. Si la disponibilidad de pruebas es baja y este es uno de los criterios, el resultado directo es que el diagnóstico de Coronavirus se hace de manera
muy superior en personas con un estado basal grave –y por tanto con un mayor riesgo de muerte– que en aquellas asintomáticas/leves, sobreestimando por tanto la tasa de letalidad.
Estamos diciendo que, aunque claramente son enfermedades distintas, sí podemos asumir que ambas tienen grandes similitudes en aspectos clave. Entonces, ¿Por qué tanta alarma? Ahora es cuando viene la parte más fea.
En primer lugar, este subtipo de Coronavirus es novedoso. No conocemos sus efectos ni su alcance, solo podemos especular sobre sus complicaciones y por tanto genera un nivel de incertidumbre que hay que enfrentar con razonables niveles de precaución.
En segundo lugar, como hemos visto –y sea por los motivos que sea– se trata de un virus con una frenética rapidez de contagio. En el mundo globalizado en el que vivimos, la capacidad que tiene para producir una afectación mundial es colosal. De hecho, la OMS estableció ya en el día de ayer la categoría de pandemia para la infección. Aunque antes solo se ha comentado de pasada, uno de los factores determinantes de mortalidad del Covid19 –y de la gripe– es el nivel adquisitivo y capacidad técnica del entorno en el que impacta. Podríamos asumir –de manera en la práctica equivocada, ahora veremos por qué– que la importancia del contagio en países desarrollados –con buenas condiciones higiénicas, buen estado de medios sanitarios, disposición de técnicas sanitarias potentes– es baja. Sin embargo, ¿qué sucedería si un virus así llega a países en vías de desarrollo? No es ético negar la evidencia en este punto. Si la enfermedad llega a países de esas características… Correrá como la pólvora. Matará a miles. Se lo llevará todo.
Teniendo la información suficiente para aseverar que esto será así, nos vemos también en la obligación moral de presentarnos nosotros, que sí podemos hacer frente al virus, como escudo humano para los que no. Debemos esforzarnos en ser su inmunidad de rebaño.
No voy a juzgar a las personas para las que esto no sea motivo suficiente de compromiso. Considero otra característica plenamente humana la de preocuparse sobre todo por aquellos que son cercanos, aquellos que son como nosotros. Los nuestros. Creo que es algo con una más que aceptable carga lógica y me parece un buen rasgo de voluntad evolutiva. Pero para ellos, para vosotros, también tengo argumentos de peso.
No recurramos a chamanerías y volvamos brevemente a los números. Las estadísticas de que disponemos describen que de todas las personas que se infecten por el Covid19, un 81% pasarán la enfermedad de forma totalmente asintomática o leve (debido a la forma de contagio, las personas que no tosen tienen menor riesgo de contagiar a otros, pero tanto aquellas que no desarrollarán síntomas en ningún momento como aquellas que aún no lo han hecho por estar en periodo de incubación parecen tener capacidad infectiva). Otro 14% presentará síntomas graves. El 5% llegará a presentar un estado crítico. Se estima que el 2’5% fallecerá a causa de la infección.
A día de hoy, y en vergonzoso grado debido –es justo y obligado decirlo– a la criminal actuación del Gobierno desde el inicio de esta crisis (si la ciudadanía y más concretamente las autoridades sanitarias no exigen pasado el momento crítico dimisiones masivas del ejecutivo, no tendremos ni perdón ni excusa como sociedad) las medidas y el esfuerzo necesarios para evitar la expansión total del virus son titánicos. De hecho, una enorme parte de la sociedad médica (no hablamos de politicuchos de tres al cuarto) prácticamente ha asumido que el contagio de casi la totalidad de la población en un momento u otro es ya a estas alturas inevitable. Si tiramos de brocha gorda y aplicamos los porcentajes a la población española, es cuestión de cuatro cuentas estimar de manera aproximada cuántas personas correrán qué destino.
Que todo el mundo se contagia en algún momento es una posibilidad (de probabilidad mucho más alta de que lo que la gente va a aceptar a pesar de este texto) que sin embargo no es la más grave ante la que podemos encontrarnos. ¿Cuál es el problema real? ¿Qué puede hacerlo aún peor? Que este virus se está extendiendo con la rapidez de un rabioso incendio invisible.
La gripe infecta cada año a un gran número de personas, pero debido a la vacuna y a las medidas de prevención se consigue habitualmente que el contagio se produzca de manera escalonada. Esto permite que los recursos sanitarios que España posee puedan hacer frente de manera efectiva a los casos que se van dando. No es este el caso del Covid 19. La rapidez con la que está infectando es tal que si de alguna manera no conseguimos ralentizar su avance, de aquí a pocas semanas el número de afectados superará las capacidades de nuestro sistema de forma incompensable. Sé que suena apocalíptico, imposible, un delirio distópico. Os aseguro que no me he tomado varias horas de mi tiempo en explicar todo esto para acabar dando un mensaje loco de alarma injustificada ni es algo con lo que yo esté especulando de manera individual. Son muchísimos los médicos, en muchos casos especialistas en el campo de la salud pública, que están empezando a hablar no ya de si esto va a producirse o no sino de qué vamos a hacer cuando se produzca. La gente tiene que meterse en la cabeza que el camino que llevamos conduce de forma casi inevitable a esta situación.
Para quien aún no tenga claro lo que esto significa, vamos a aclararlo con un ejemplo. Al ritmo que avanza, y teniendo en cuenta los porcentajes teóricos de clasificación de pacientes según su clínica que hemos descrito arriba, con un 14% de pacientes en estado grave y un 5% en estado crítico, las necesidades de unidades de hospitalización y unidades de cuidados críticos se verían desbordadas en el plazo de 2-3 semanas aproximadamente. No existen ni por asomo suficientes unidades de críticos que puedan asumir el porcentaje teórico de pacientes que serían candidatos al ritmo que se producen los contagios. Eso, sin contar todos los que precisarían de estos cuidados por causas ajenas al virus. Llegados a este punto, la única alternativa posible sería comenzar a desestimar a pacientes por probabilidades de supervivencia (que en gran medida estarían definidos por su edad). Hablando aún más claro, para que todo el mundo entienda a la perfección lo que se está tratando de decir. Si llegamos a esto, los sanitarios nos veríamos obligados a decidir, entre dos pacientes que los necesitan, quién recibirá los cuidados y quién no lo hará. Para tomar la decisión, se tendrían en cuenta factores aún por definir pero que de forma segura irán encaminados a seleccionar al paciente más joven y más sano. Dijimos de hablar de adulto a adulto, y en eso seguimos. Así que voy a darte una mala noticia. Si crees que por ejemplo tu abuelo, por el hecho de ser tu abuelo, sería uno de los pacientes afortunadamente seleccionados para recibir los cuidados que le salvarían la vida, aún no te estás enterando de nada.
Para evitar que esto se produzca, o mejor dicho, para conseguir que no se produzca en toda su intensidad, el objetivo principal está dejando de ser que la gente no se contagie –ya que empieza a parecer una utopía– sino que la gente se contagie lo suficientemente lento como para que el sistema sanitario pueda ir asumiendo el cuidado de la mayor parte de los afectados. Para conseguir esto, además de todas las decisiones que el gobierno debería estar tomando y no toma, es necesario que los ciudadanos nos concienciemos –no mañana, sino ayer– de la necesidad de extremar las medidas de prevención de infección. En su mayoría, tan solo son cuestión de responsabilidad y fuerza de voluntad.
Intenta respetar un metro de distancia. Lávate las manos. No te toques la cara. Cúbrete flexionando el codo cuando tosas. Evita las aglomeraciones, sobre todo los centros sanitarios si no es extremadamente necesario. Lo de las aglomeraciones incluye discotecas y fiestas. Si tienes síntomas o contactos de riesgo, respeta la cuarentena y llama a los números de información asignados a cada comunidad.
¿No estás dispuesto a hacerlo por esos africanos que no conoces de nada? Vale.
Ahora te pregunto:
¿Y por tus abuelos?
En primer lugar, entiendo que la situación es complicada. La información que llega –por vías científicas– ya es difícil de manejar incluso para los que tenemos conocimientos suficientes, por lo que es comprensible que aquellos que no los tienen puedan perder el norte ante la –pésima– información que llega por vía periodísticopolítica. Esto no significa que haya justificación para lo de mis cereales. Así que vamos por partes:
Para empezar, no existe cosa tal como “el coronavirus”. Los coronavirus son un grupo de virus pertenecientes a la misma familia, con distintos subtipos, que en su mayor parte son causantes de resfriados estacionales y gastroenteritis. Dentro de estos subtipos, se conocen tres con capacidad para producir cuadros de mayor gravedad en humanos. Uno de ellos, el más novedoso, es el que conocemos con el nombre de Covid19. Previamente, en 2002 y también con inicio en China, surgió el SARS-CoV (Severe Acute Respiratory Syndrome-Coronavirus), que alcanzó una tasa de mortalidad del 9’5% y del que no se han vuelto a detectar casos desde 2004. Tras él, el MERS-CoV (Middle East Respiratory Syndrome-Coronavirus) nace en Arabia Saudí durante el año 2012, afectando en su mayor parte a países de la península arábiga y alcanzando una mortalidad de hasta el 34’5% de los casos conocidos.
Estos virus tienen la capacidad de infectar tanto a humanos como a animales. En algunos casos, podría decirse que en realidad su principal hospedador son los animales y que de manera colateral pueden contagiar a las personas. Reciben entonces la categoría de zoonosis. Este sería el caso del MERS, cuyo reservorio inicial teórico habrían sido los murciélagos y su principal transmisor los dromedarios –de ahí su confinamiento a países Árabes-. Según la información de que se dispone, el virus actual tendría este mismo comportamiento, y aunque el/los animales a los que es propio no han sido identificados hasta ahora, parece que su principal fuente serían también los murciélagos. Sin embargo, que el brote naciera de este u otro animal es algo que en el momento actual tiene poca relevancia. El hecho de que se transmita entre humanos tiene mucha más y eso nos lleva a la siguiente parte.
Este virus se transmite de una persona a otra a través de pequeñas gotitas de fluido que se liberan al exterior cuando alguien habla o, más importantemente, tose. Esas gotas que contienen el virus pueden directamente infectar a alguien que las reciba o, menos frecuentemente, a través de la persistencia del patógeno en objetos inanimados que hayan sido impregnados con estas secreciones y con el que el futuro contagiado tenga contacto antes de, por ejemplo, frotarse los ojos o rascarse la nariz.
El virus no es tan fuerte como para atravesar nuestra piel, que supone una importante barrera defensiva. Sin embargo, las zonas que están desprovistas de ella –los ojos, la boca, el interior de la nariz…– son el talón de Aquiles. Esta información es la que justifica algunos de los consejos más importantes para detener el incremento de casos:
1. Lavarse las manos: Las manos son nuestro principal instrumento de contacto con el entorno y la manera más probable de interaccionar con superficies contaminadas es a través de ellas. El jabón o las soluciones desinfectantes matan el virus y muerto el virus no hay contagio. Fácil.
2. No te toques la cara: Probablemente la medida más disponible y al mismo tiempo más difícil de adoptar. Un curioso estudio realizado en 2015 demostró que nos tocamos la cara un promedio de 3000 veces al día, la mayoría de ellas de forma inconsciente. Si nuestras manos entran en contacto con el virus y posteriormente nos tocamos la cara, acercamos todo el material infeccioso a nuestros tres puntos débiles: ojos, nariz, boca.
3. Si vas a toser, tápate con el codo: Tengo una amiga que odia que le toquen el codo. Y tiene razón, tocarle el codo a la gente no es algo natural. Por este motivo, si una persona infectada tose en el interior de su codo, el riesgo de que esta parte de su cuerpo contamine otras superficies es muy bajo. Desde luego, muy inferior al de toser sobre la palma de la mano. Además, al usar la mano para taparnos infringimos de manera directa la norma número dos.
Y otras medidas más:
3. No visites lugares concurridos a menos que sea necesario –especialmente centros sanitarios–. La gente hace de normal un uso irracional e irresponsable de los servicios sanitarios. Punto. No todo malestar justifica una visita al médico y mucho menos a urgencias. Si hoy te duele un poco el pie, ya se te pasará. Si tienes una contractura, deja de ir al gimnasio unos días. Si te duele la cabeza, toma el analgésico que has tomado cuarenta veces o espera un rato a que se te pase. Eso debería ser así siempre. Hoy, aún más. Los centros sanitarios son enormes focos de contagio por lo obvio: están llenos de gente enferma.
4. Haz un buen uso de las mascarillas: si eres de los que ha escuchado eso de que la mascarilla no protege pero has hecho acopio porque “entonces por qué los médicos las llevan, eh”, tengo una mala noticia para ti y para todos. Eres otro idiota suelto sin supervisión. No existe ninguna conspiración sanitaria que pretenda engañarte para que te contagies antes que nosotros. La cosa va así: hay distintos tipos de mascarillas. Las que la mayoría está usando para no contagiarse son las que coloquialmente llamamos “quirúrgicas”, que están diseñadas para que de los orificios faciales del que las lleva no salgan partículas que contaminen el exterior. Por tanto, estas mascarillas no son útiles para no contagiarse sino para no contagiar a otros. El motivo de que los sanitarios las llevemos es que somos personal expuesto y por tanto nuestro riesgo de infectarnos y transmitir a otros la infección se presupone mayor. No nos las ponemos para no contagiarnos nosotros sino para no contagiar a los demás. Las mascarillas que usamos para protegernos de la infección al contactar con posibles casos son de otro tipo. Además, las mascarillas son un utensilio que se contamina rápidamente. Si manoseas la mascarilla y luego te la pones en contacto directo con boca y nariz, ¿qué estas consiguiendo? Incumplir el punto dos. Sin embargo, si has estado expuesto al virus y crees que puedes contagiar a otros, el uso de la mascarilla al estar en contacto con personas sanas vulnerables es buena idea. En caso contrario, deja de intentar conseguirlas. Puede parecerte increíble, pero en algunos hospitales ya no hay suficientes para seguir viendo pacientes.
Hasta ahora, todo es tan sencillo que hasta un niño lo entendería. Pero este texto está dirigido a adultos y, por tanto, en lo que sigue es hora de que nos tratemos como adultos. Eso requiere necesariamente hablar con franqueza de temas difíciles.
Es un mecanismo defensivo humano negar las realidades que nos hacen sentir incómodos. Sin embargo, no es posible evitar las consecuencias de negar la realidad. Por eso, si alguno aún necesita que alguien se lo diga abiertamente para empezar a creerlo, aquí dejo el mensaje: la situación es realmente grave. Voy a intentar explicar por qué.
Se dijo al principio que el Covid19 era como una gripe. Posteriormente ha empezado a decirse que no. Yo creo que, al menos desde el punto de vista teórico, la comparativa entre ambas infecciones es más que válida porque:
1. Los síntomas son similares: la afectación de ambas patologías es principalmente respiratoria, asociando fiebre, tos, malestar general y otros rasgos menos frecuentes pero también propios de los virus como la cefalea o el malestar intestinal.
2. Rapidez de contagio: en epidemiología y salud pública, cuando se quiere estudiar el potencial de contagio de una enfermedad, frecuentemente se utiliza un parámetro llamado número reproductivo básico o R0. El R0 representa el promedio de nuevos casos que se deben a un caso preexistente durante un cierto periodo de tiempo. Se considera que una enfermedad tiene un alto riesgo de contagio cuando el R0 es mayor a 1. Si comparamos dicho parámetro para el virus de la gripe gripe –técnicamente llamado Influenza– y el Covid19, obtenemos valores de 1’3 y 2’2 respectivamente. A simple vista, parece claro que el ritmo de contagio del Coronavirus es muy superior respecto al virus de la Influenza. Sin embargo, estos datos resultan engañosos si los observamos por sí solos, sin tener en cuenta un enorme factor de distorsión. La gripe es un virus para el que existe una vacuna de eficacia relativamente alta, no siendo así para Covid19. Para entender la influencia lógica que esto tiene sobre el ritmo de contagio, es necesario describir brevemente el concepto de inmunidad de rebaño. Cuando un gran número de personas se vacunan respecto a una determinada enfermedad, estas personas actúan de manera indirecta como cortafuegos a la hora de evitar el contagio de los no vacunados. Si un virus ha de transmitirse de una persona a otra, es difícil que lo haga eficazmente cuando se encuentra “aislado” entre personas que gracias a la vacunación no pueden contraerlo y por tanto no pueden extenderlo. Esto hace tiene una gran importancia a la hora de interpretar el R0 de las infecciones que comparamos, ya que la gripe cuenta con esos cortafuegos para ralentizar su ritmo infeccioso, al contrario que el Covid 19. Las conclusiones que pueden sacarse de esto son principalmente dos. La primera, que la capacidad infecciosa intrínseca de ambos patógenos probablemente sea similar y la superioridad del Covid respecto a Influenza se deba en gran parte en la no-existencia de una vacuna eficaz por el momento. La segunda: vacúnate de la gripe, joder.
3. La gravedad de la enfermedad es similar. Sé que existen datos recientes que contradicen esta afirmación y lo cierto es que yo no puedo aportar otros sustentados en la evidencia para rebatirlos, pero puedo tratar de explicar por qué creo que lo más lógico es asumir que es así. Para empezar, muchas personas están convencidas de que la gripe es una enfermedad leve. Esto no es del todo cierto. El virus de la Influenza tiene capacidad para matar fácilmente a personas vulnerables, como de hecho hace cada año. ¿Quiénes son estas personas vulnerables? Lógicamente, sobre todo personas mayores y/o con enfermedades sistémicas, respiratorias o cardiacas preexistentes. ¿De qué otro virus llevamos semanas escuchando lo mismo? Exacto. De hecho, también existen casos –por fortuna habitualmente excepcionales– de personas jóvenes y sanas que finalmente fallecen a causa del virus de la gripe, cosa que sucede de igual manera con los infectados por Coronavirus. Si hablamos de números, sabemos que la tasa de mortalidad anual de la gripe –por ejemplo, en USA– es del 0’1%. La actual tasa de mortalidad por Covid19 se ha fijado en 2’3% por ahora. Sin embargo, probablemente la diferencia entre ambos patógenos sea de nuevo muy inferior a la que reflejan los datos. Por qué: A la hora de establecer comparaciones objetivas, encontramos varias dificultades. La primera es que es casi imposible extrapolar las estadísticas que poseemos sobre la gripe –cuantiosas, muy estudiadas, de afectación global– a las del Covid19 –mucho más escasas, aún en confección, circunscritas al puñado de zonas afectadas y a las condiciones de vida vinculadas, ampliamente afectadas por sesgos de cointervención–. La segunda, la gripe es una enfermedad que conocemos, para la que existe una vacuna y sobre la que cada año se ponen en marcha campañas de prevención. Nos pilla preparados. De hecho, cuando no es así, la gripe también produce clusters importantes de mortalidad (“gripe aviar”, “gripe porcina”…). El Coronavirus ha aparecido de la nada, por sorpresa, y procedente de un país con una gran capacidad de exportación que además tiene como norma la opacidad informativa y el falseamiento de datos. De nuevo, no disponemos de una vacuna ni conocemos su ciclo exacto. Por último, hay que comprender que las tasas de mortalidad se ven muy sesgadas según los procedimientos diagnósticos previos. Disponemos de pruebas baratas y rápidas para el diagnóstico de la gripe y por tanto frecuentemente se realizan a la población general. De hecho, en época de gripe estacional, la evidencia respalda asumir que un cuadro compatible es un diagnóstico de gripe. De esta manera, el número de personas diagnosticadas es enorme e incluye a personas graves, personas con síntomas leves, personas en riesgo y personas que no. Esto es radicalmente distinto para el Coronavirus. Por poner un ejemplo, los protocolos puestos en marcha recientemente por el Ministerio de Sanidad –una auténtica chapuza– tenían como uno de los criterios para realizar la prueba diagnóstica del Covid la gravedad del paciente. Si la disponibilidad de pruebas es baja y este es uno de los criterios, el resultado directo es que el diagnóstico de Coronavirus se hace de manera
muy superior en personas con un estado basal grave –y por tanto con un mayor riesgo de muerte– que en aquellas asintomáticas/leves, sobreestimando por tanto la tasa de letalidad.
Estamos diciendo que, aunque claramente son enfermedades distintas, sí podemos asumir que ambas tienen grandes similitudes en aspectos clave. Entonces, ¿Por qué tanta alarma? Ahora es cuando viene la parte más fea.
En primer lugar, este subtipo de Coronavirus es novedoso. No conocemos sus efectos ni su alcance, solo podemos especular sobre sus complicaciones y por tanto genera un nivel de incertidumbre que hay que enfrentar con razonables niveles de precaución.
En segundo lugar, como hemos visto –y sea por los motivos que sea– se trata de un virus con una frenética rapidez de contagio. En el mundo globalizado en el que vivimos, la capacidad que tiene para producir una afectación mundial es colosal. De hecho, la OMS estableció ya en el día de ayer la categoría de pandemia para la infección. Aunque antes solo se ha comentado de pasada, uno de los factores determinantes de mortalidad del Covid19 –y de la gripe– es el nivel adquisitivo y capacidad técnica del entorno en el que impacta. Podríamos asumir –de manera en la práctica equivocada, ahora veremos por qué– que la importancia del contagio en países desarrollados –con buenas condiciones higiénicas, buen estado de medios sanitarios, disposición de técnicas sanitarias potentes– es baja. Sin embargo, ¿qué sucedería si un virus así llega a países en vías de desarrollo? No es ético negar la evidencia en este punto. Si la enfermedad llega a países de esas características… Correrá como la pólvora. Matará a miles. Se lo llevará todo.
Teniendo la información suficiente para aseverar que esto será así, nos vemos también en la obligación moral de presentarnos nosotros, que sí podemos hacer frente al virus, como escudo humano para los que no. Debemos esforzarnos en ser su inmunidad de rebaño.
No voy a juzgar a las personas para las que esto no sea motivo suficiente de compromiso. Considero otra característica plenamente humana la de preocuparse sobre todo por aquellos que son cercanos, aquellos que son como nosotros. Los nuestros. Creo que es algo con una más que aceptable carga lógica y me parece un buen rasgo de voluntad evolutiva. Pero para ellos, para vosotros, también tengo argumentos de peso.
No recurramos a chamanerías y volvamos brevemente a los números. Las estadísticas de que disponemos describen que de todas las personas que se infecten por el Covid19, un 81% pasarán la enfermedad de forma totalmente asintomática o leve (debido a la forma de contagio, las personas que no tosen tienen menor riesgo de contagiar a otros, pero tanto aquellas que no desarrollarán síntomas en ningún momento como aquellas que aún no lo han hecho por estar en periodo de incubación parecen tener capacidad infectiva). Otro 14% presentará síntomas graves. El 5% llegará a presentar un estado crítico. Se estima que el 2’5% fallecerá a causa de la infección.
A día de hoy, y en vergonzoso grado debido –es justo y obligado decirlo– a la criminal actuación del Gobierno desde el inicio de esta crisis (si la ciudadanía y más concretamente las autoridades sanitarias no exigen pasado el momento crítico dimisiones masivas del ejecutivo, no tendremos ni perdón ni excusa como sociedad) las medidas y el esfuerzo necesarios para evitar la expansión total del virus son titánicos. De hecho, una enorme parte de la sociedad médica (no hablamos de politicuchos de tres al cuarto) prácticamente ha asumido que el contagio de casi la totalidad de la población en un momento u otro es ya a estas alturas inevitable. Si tiramos de brocha gorda y aplicamos los porcentajes a la población española, es cuestión de cuatro cuentas estimar de manera aproximada cuántas personas correrán qué destino.
Que todo el mundo se contagia en algún momento es una posibilidad (de probabilidad mucho más alta de que lo que la gente va a aceptar a pesar de este texto) que sin embargo no es la más grave ante la que podemos encontrarnos. ¿Cuál es el problema real? ¿Qué puede hacerlo aún peor? Que este virus se está extendiendo con la rapidez de un rabioso incendio invisible.
La gripe infecta cada año a un gran número de personas, pero debido a la vacuna y a las medidas de prevención se consigue habitualmente que el contagio se produzca de manera escalonada. Esto permite que los recursos sanitarios que España posee puedan hacer frente de manera efectiva a los casos que se van dando. No es este el caso del Covid 19. La rapidez con la que está infectando es tal que si de alguna manera no conseguimos ralentizar su avance, de aquí a pocas semanas el número de afectados superará las capacidades de nuestro sistema de forma incompensable. Sé que suena apocalíptico, imposible, un delirio distópico. Os aseguro que no me he tomado varias horas de mi tiempo en explicar todo esto para acabar dando un mensaje loco de alarma injustificada ni es algo con lo que yo esté especulando de manera individual. Son muchísimos los médicos, en muchos casos especialistas en el campo de la salud pública, que están empezando a hablar no ya de si esto va a producirse o no sino de qué vamos a hacer cuando se produzca. La gente tiene que meterse en la cabeza que el camino que llevamos conduce de forma casi inevitable a esta situación.
Para quien aún no tenga claro lo que esto significa, vamos a aclararlo con un ejemplo. Al ritmo que avanza, y teniendo en cuenta los porcentajes teóricos de clasificación de pacientes según su clínica que hemos descrito arriba, con un 14% de pacientes en estado grave y un 5% en estado crítico, las necesidades de unidades de hospitalización y unidades de cuidados críticos se verían desbordadas en el plazo de 2-3 semanas aproximadamente. No existen ni por asomo suficientes unidades de críticos que puedan asumir el porcentaje teórico de pacientes que serían candidatos al ritmo que se producen los contagios. Eso, sin contar todos los que precisarían de estos cuidados por causas ajenas al virus. Llegados a este punto, la única alternativa posible sería comenzar a desestimar a pacientes por probabilidades de supervivencia (que en gran medida estarían definidos por su edad). Hablando aún más claro, para que todo el mundo entienda a la perfección lo que se está tratando de decir. Si llegamos a esto, los sanitarios nos veríamos obligados a decidir, entre dos pacientes que los necesitan, quién recibirá los cuidados y quién no lo hará. Para tomar la decisión, se tendrían en cuenta factores aún por definir pero que de forma segura irán encaminados a seleccionar al paciente más joven y más sano. Dijimos de hablar de adulto a adulto, y en eso seguimos. Así que voy a darte una mala noticia. Si crees que por ejemplo tu abuelo, por el hecho de ser tu abuelo, sería uno de los pacientes afortunadamente seleccionados para recibir los cuidados que le salvarían la vida, aún no te estás enterando de nada.
Para evitar que esto se produzca, o mejor dicho, para conseguir que no se produzca en toda su intensidad, el objetivo principal está dejando de ser que la gente no se contagie –ya que empieza a parecer una utopía– sino que la gente se contagie lo suficientemente lento como para que el sistema sanitario pueda ir asumiendo el cuidado de la mayor parte de los afectados. Para conseguir esto, además de todas las decisiones que el gobierno debería estar tomando y no toma, es necesario que los ciudadanos nos concienciemos –no mañana, sino ayer– de la necesidad de extremar las medidas de prevención de infección. En su mayoría, tan solo son cuestión de responsabilidad y fuerza de voluntad.
Intenta respetar un metro de distancia. Lávate las manos. No te toques la cara. Cúbrete flexionando el codo cuando tosas. Evita las aglomeraciones, sobre todo los centros sanitarios si no es extremadamente necesario. Lo de las aglomeraciones incluye discotecas y fiestas. Si tienes síntomas o contactos de riesgo, respeta la cuarentena y llama a los números de información asignados a cada comunidad.
¿No estás dispuesto a hacerlo por esos africanos que no conoces de nada? Vale.
Ahora te pregunto:
¿Y por tus abuelos?
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