domingo, 24 de octubre de 2021

Ajuste de cuentas

Hola. Mentí.

Con la mano en el tirador de la puerta, justo antes de marchar con un portazo, de hacer temblar el descansillo más mi temblor que mi despedida, mentí.
Ya no me tendrás como una tonta, parada junto al teléfono. Como una loca, sola, frecuentando nuestro viejo barrio, atravesando mi mirada el cristal del café frente al parque donde escribiste los mejores poemas. Ya no araré con las yemas de mis dedos los surcos de tu ropa que aún conservo. Esperando en una llamada, en una riña callejera, en un roto de la tela que tú usabas pero yo cuidé, el regreso de los soles que yo quise creer que eran nuestros. Eso dije ¿Sí recuerdas? Pero mentí.

Crucé nuestras calles y tu ropa la rompí, la rasgué después de remendarla, para volver a coserla días después. Sin dedal entre la aguja y mis dedos, como escudo entre el filo y mi sangre nunca hubo. También pasé las tardes junto al teléfono y frente al cristal cruzaron las estaciones, actuando la obra de los que están solos. Aunque casi siempre serena, tampoco reniego de los días que, llegadas las nueve o las diez, me consumía la rabia. Quise cogerlo con una mano y estrellarlo contra el suelo, contra la pared, lanzarlo al televisor, cortar el cable. Fueron los días de atardeceres tan bellos que parecía que llamabas, y luego nada.

Vivir con un genio es como vivir con una bestia. Quisiste llenar la casa de amigos a las cuatro de la mañana y apenas tocaban la puerta, ya no. Me sujetaste la boca para fingir que nadie había, mientras gritabas tú. Las hojas que ayer amabas, hoy las rompías, las quemabas en una chimenea de pleno agosto. Con ellas, también las mías. Dijiste que la ausencia de talento es un peligro porque se contagia. Tan solo en las noches creativas, y no siempre, hubo algo que pareció cariño y pasó como un gato negro sobre el tejado. Tan magro, tan callado, tan rápido que, ¿Acaso fue?

Pero quizás sea así, como ama un gato, de la única forma que ama el genio. Aliméntame. Cobíjame. Acaríciame. Ahora vete.

Fue en una vez de las que debí peregrinar para ti, entrada la madrugada, la letanía sórdida y triste de las tiendas de licor de la ciudad, cuando algo se quebró definitivamente. Llegué a casa aterida, con las manos abrasadas del invierno y el frío en la garganta a través de la bufanda. Miraste las botellas, luego a mí y dijiste “no”. Consideraste entonces que lo correcto era volcarlas al desagüe. En el metal del fregadero vi mi rostro escurrirse con el remolino ámbar del ron y aquello me pareció una buena metáfora de mí. Lo que ocurrió los días sucesivos ya lo conoces. Fueron los gritos, el portazo, el temblor y tras eso, todo lo que ya he confesado.

Para soltar mi mano de la mano tuya, de tus apegos feroces, quise escribir una carta. Sería una carta de amor, pero más bien parece ahora una a la memoria. Porque así es que yo te pienso. Pese a todo, con la belleza de los paisajes que recuerda un ciego. Con la esperanza que rezan los casos perdidos. Siempre esperando en lugares donde solo llegarías buscando, y serías entonces no ya tú, sino alguien como tú que al fin me busca. Ya ves qué barata te vendo mi bandera blanca a este ajuste de cuentas, que por ser para ti quien soy, ni cuenta ni ajusta nada.


(Carta de amor ficticia de Idea Vilariño a Juan Carlos Onetti)

sábado, 24 de julio de 2021

Después de la alacena bajo la escalera

Hoy he visto la fotografía de un niño con cara de serio, sentado en su catre y mirando a la cámara a través de la puerta abierta de una habitación minúscula encajada en unos escalones. Es una fotografía mal tirada pero brilla con el encanto de las cosas ordinarias a las que les fue mejor de lo esperado. 

De Harry Potter se ha dicho mucho sin que haya podido explicarse aún la clave de un éxito que dura hasta hoy. Casi siempre se resume el argumento como un niño mago que vive en un castillo con otros niños magos y combate el mal con sus amigos. Eso me hace pensar que si aún no se ha explicado esa clave es porque siempre se lo encargan a personas que no entendieron nada. Y que además son perezosas. 

Quiero decir, ese mismo esquema se ha usado para miles de historias de las que nadie ha oído hablar. ¿Entonces? Entonces es que era su momento, pura casualidad, un golpe de suerte. Yo creo que la suerte existe y quien lo niega es que tiene mucha. Aún así, no se me ocurre respuesta más desidiosa para justificar ese fenómeno que un cúmulo de muy afortunadas coincidencias. 

Otros que profundizan algo más aprecian el peso que tienen en la historia valores como la amistad, la lealtad, el amor y la valentía. Es verdad que la saga reúne casi todas las materias primas que componen a las personas nobles pero si eso fuese suficiente para cautivar a tanto público no se entiende que en misa haya menos gente cada vez.

Las primeras páginas de un libro están hechas de la misma pasta que las primeras citas. Para que de cualquiera de las dos salga una historia sobre todo es necesario que haya conexión. Al fin y al cabo, de conexión y palabras bonitas están hechos todos los cuentos.

Porque solo se puede escribir de lo conocido es inevitable hacerlo siempre un poco sobre uno mismo. Por eso, cada vez que un escritor publica un libro se expone a que el lector rastree sus frases hasta encontrar parte de algo personal. Esa es la maldición de los autores exitosos, la de convertirse en personas siempre un poco desnudas.

En este caso, J. K. Rowling era una madre soltera en el umbral de la pobreza cuando emborronó un cuaderno con las palabras que le cambiarían la vida. Ahora esa vida incluye una armada de gente agradecida que de forma frecuente le repite el mensaje "tú me salvaste". Si uno presta atención, si no se deja distraer por la fantasía de la trama, la historia que queda de Harry Potter es la de un niño que lo tenía todo perdido hasta que también a él le llegaron sus propias palabras mágicas. 

Una persona contó en unos libros cómo un niño gris y encerrado en la alacena bajo la escalera salió de allí y encontró todas las cosas buenas que la vida ofrece a los afortunados. En el mundo hay millones de niños y adolescentes encerrados en su propia alacena que un día abrieron un libro y, porque su protagonista les dijo que había salida, aguantaron los años malos con la esperanza de una carta que lo cambiaría todo. No llegó, pero para entonces ya no hacía falta.

Ese es el secreto de su éxito. La gratitud por lo que llegó después de la alacena bajo la escalera.





domingo, 25 de abril de 2021

La fe militante

Antonio Montero Moreno es un sacerdote y periodista retirado que, nacido en el 1928, vivió su infancia en la guerra civil. Fue obispo de Badajoz –esto lo digo orgullosamente– y en el 61 publicó su tesis doctoral, Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939. Este texto conforma un estudio minucioso acerca de las víctimas relacionadas con la Iglesia que se cobró la República.

Aun cuando no se quiera entrar en detalles morbosos y efectivamente no sea mi intención en este texto, reconocer el número de víctimas implica necesariamente rozar una degeneración profunda. Son 6832. Cerca de 7000 personas fueron asesinadas que hasta entonces vivían en vínculos con el catolicismo.

Si el número es atroz, quien decida explorar sobre el asunto encontrará que los métodos no lo fueron menos. Muchas de estas vidas se resolvieron de formas tan sádicamente creativas y perversas, tan macabras que resultan casi... litúrgicas. Casi sacrificiales. Heréticas.

¿Por qué tantos? ¿Por qué así? ¿Por qué a quien solo decidió entregar su vida a consagrar y compartir su fe? Porque una idea que tanto sentimiento mueve como para la renuncia voluntaria al amor carnal, al de esta vida, es demasiado fuerte y demasiado extensa. Porque donde vive una fe así no hay espacio para otra fe. 

La idea de que algo así pueda cometerse sin un móvil puede ser transitoriamente válida para el nivel de comprensión de un niño y frecuentemente así se resume la maldad en los cuentos. Sin embargo, como adultos debemos esperar de nosotros mismos haber aprendido algo más en el camino. En este sentido, que el izquierdismo persiguió a la Iglesia porque esta coartaba la libertad de las personas es parte de la enmienda que el tiempo ha requerido para indultar sus crímenes. La verdad es que la izquierda persiguió a la Iglesia porque en su camino hacia el poder necesitaba el púlpito.

El socialismo y el comunismo son dos fanatismos hoy, como lo eran ya entonces, que ejercen el poder mediante una tenaza que involucra el retorcimiento ideológico de la moral y el empleo del miedo. El núcleo moral es compartido en ambas y la diferencia radica en la intensidad de su idilio con la violencia. En el caso del socialismo esa violencia es implícita, líquida, más bien un presagio de "lo que aguarda si". En el caso del comunismo, es explícita, física y brutal.

La parte que comparten en espíritu es un sucedáneo, desmembrado, envilecido y recosido del cristianismo que ofrece a sus fieles la seductora promesa de que perseguir sus deseos personales, incluso hasta el extremo precio de la vida ajena, puede hacerse desde una base ética que elimine la mala conciencia. El izquierdismo es la invitación a una bacanal de etiqueta, una puerta abierta al hedonismo sin mácula.

Donde el cristianismo decía "no envidies", el izquierdismo dice "tú no lo tienes porque él lo tiene". Donde el cristianismo decía "no robarás", el izquierdismo dijo "él te robó primero". Donde el cristianismo decía "ayuda al prójimo", el izquierdismo dice –y este cambio es fundamental, esto lo es todo– "con que lo parezca valdrá". Al final, cuando ese camino se recorre en suficiente profundidad, lo que se encuentra es un abismo donde el cristianismo decía "no matarás", y el izquierdismo lo completa "...si no lo merecen". 

¿Y quiénes lo merecen? En realidad cualquiera. Como en toda religión, la bondad se define por lo incluido dentro del código moral. La maldad, por tanto, por lo que queda fuera. Dentro de ese marco, la obligatoriedad de respetar la vida de los malos es un asunto fuertemente sujeto a interpretación, tanto de cada fiel como por supuesto de sus ayatolás. 

También como cualquier fe, el izquierdismo cuenta con una deidad, un ente abstracto del que todo nace y que a todo da sentido (en este caso, "la opresión"). También sus propios enviados mesiánicos (cada episódico libertador que aparece en un país en crisis), sus propios santos de mayor y menor grado (Marx, Carrillo, Ibárruri) y mártires (el Che). Su propio clero (los propagandistas), su propio infierno (el paraíso que crean para los demás) y su propia recompensa eterna (que en este caso, precisamente porque el socialismo es lo contrario al sacrificio, empieza ya con el botín que cada uno pueda agenciarse en vida).

Pero eso era antes. Hoy el izquierdismo ha parido, en parte para conservar la llama, nuevos catecismos. Esas sub-parroquias son el mismo núcleo con una cobertura de fresco barniz piadoso, que de nuevo justifica los viejos fines y capta los nuevos fieles. El ecologismo, el feminismo, el antirracismo... Que incluyen novedosas liturgias (el veganismo, el todes) y pecados (el mansplaining, el manspreading, la apropiación cultural). Todos son movimientos que de entrada centellean de autocrítica, de reflexión y por tanto de ética, que sin embargo no resisten un primer lavado sin descubrir el rojo.

El problema del izquierdismo, que nace de la idea de que la infelicidad de uno se debe a la opresión de otro, es que es incompatible con una vida en paz. Precisamente porque trasciende el mundo de las ideas –y por tanto de la razón– aguanta hoy imperturbable todos los desmentidos que la realidad ha hecho de la historia beatífica que a sí mismo se cuenta. Porque es emocional no frena ante los argumentos. Porque es indemostrable es indiscutible y por esto es inasequible a cualquier negociación. Porque es omnisciente están los demás equivocados, porque es radiante son los demás oscuros, porque es abstracto es cambiante pero perfecto y por ser perfecto están los demás mal hechos. Y porque es definitivamente bueno –por esto murieron tantos, por esto acabará siempre en la sangre de los otros– todos los demás serán malos y cualquier final será válido para cualquiera que en sus fines se interponga.

domingo, 14 de marzo de 2021

Los malos

Recuerdo que, de niño, llegué a comentar en voz alta la extraña elección que en mi opinión habían hecho mis abuelos con sus matrimonios. Según lo veía, en cada pareja había uno malo y uno bueno. De mis abuelos paternos, la mala era mi abuela. De los maternos, mi abuelo. Aquello no podía ser otra cosa que el desafortunado fruto de un malentendido, de modo que llegué a sugerirle a los dos malos que debían conocerse. Estas cosas hacía yo cuando tenía unos 5 años.

A dos de mis abuelos no parecían importarles mucho mis notas, los otros dos me insistían en que debían ser buenas. Dos de ellos me dejaban comer lo que quería y cuando quería, los otros dos querían que comiese a su hora y que comiera "comida de verdad". A dos de ellos no les molestaba si alguna vez me olvidaba de decir "por favor" o "gracias". O decía "acho". Los otros dos me corregían si eso pasaba. Si hacía alguna travesura, sabía qué dos serían mis partners in crime y qué dos me pedirían explicaciones. 

Veintidós años le han seguido a esos cinco y uno de mis abuelos hace algunos que no está. Afortunadamente, muchos años antes de que eso pasara, yo ya había comprendido que igual que otras que llegarían después, aquella era una idea que no dejaba de estar equivocada por más que a mí me hubiera parecido indiscutible durante un tiempo.

Por supuesto, ninguno era malo. Y por supuesto, los cuatro me trataban con todo el amor que tenían. Lo que sucede es que se ama de la forma que uno es. 

Para un niño es difícil entender algo así, pero de adulto he comprendido que para crecer de forma sana, niños y adultos necesitamos recibir un compuesto de ambos afectos. Uno indulgente que nos cobije, otro robusto que nos vertebre. Golosinas, sí. Pero verduras también.

Quizás porque uno tiende a pensar que lo que ve tan claro es también evidente para los demás, yo imaginaba que visiones como esa formaban parte de los hitos del desarrollo humano en el camino a la madurez y las encontraría como verdades asumidas en el mundo de los más que veinteañeros. 

No es así. En una época que ha encontrado en el aplazamiento perpetuo de la mayoría de edad la forma de evadir las verdades incómodas no hay oportunidades para los que se echan a la espalda el trabajo de ponerlas encima de la mesa. No está hecha esa apreciación para los que se enterrarán con cien años bajo una lápida que diga forever 21. 

El aguafiestas que te lleva a casa cuando ni al taxi llegas. La mandona que se carga el peso de que el trabajo salga bien. El cascarrabias que aborta con soluciones tu rollo autocompasivo. La seca que se encarga de que la cuenta del afterwork se pueda pagar. La antipática que asiste al que está enfermo a pesar de los malos modos, de las mezquindades, de todo. El insensible que te habla de asumir errores cuando empiezas a acumular fracasos.

Con ese manual de instrucciones hace el mundo el perverso reparto equitativo de sus horas: las de luz para los que hablan tierno y los risueños de a fondo perdido, las oscuras para los discretos que con sus manos callosas, porque alguien tiene que hacerlo, conservan su giro.

Preocuparse es duro y es tentador no hacerlo nunca por los que a fuerza de nadar en aguas bravas han ensanchado espaldas. Los hemos visto ya tantas veces sacar a otros del mar que corremos el riesgo de olvidar ingratamente que una mala ola arrastra, se lleva a cualquiera.

Ojalá nunca se le escape a tus ojos el zigzag disimulado, de pájaro herido, que harán las personas en las que pensaste al leer esto cuando tanto peso las pueda quebrar. Hundirse en secreto es la inercia de los que siempre tiran con todo. Si pensaste en ti, ojalá el mundo no te haya convencido todavía de que el cariño que ofreces es gris.



Esto es un reconocimiento a esas personas cuyo amor se subestima porque no es dulce, aunque justo sea su amor fuerte el que nos protege.


 


domingo, 10 de enero de 2021

Light years

Hace un rato he descubierto una canción de The National cuyo título coincide con el del texto. Ni siquiera habla de eso, pero una parte me ha recordado a ese momento sin nombre propio –alguien tendría que solucionar este tema– en que por fin llegas al sitio donde alguien que te quiere está esperando y distraídamente te regala un puñado de segundos de quién es cuando nadie mira. Uno, dos, tres... Y ya, ya fue.

Pero de pronto un día ahí está la estampa en tus recuerdos, de nuevo demasiado inconsciente de sí misma para darse cuenta de que no es tan solo una más de entre tus cosas viejas. Como una de estas historias en las que a ti te parece que sí que estabas aunque en realidad solo te la contaron. ¿Cómo es posible? Que no pasase y sin embargo lo recuerdes, que sacudió la cabeza porque hacía algo de aire y se sentó en el bordillo que da a la boca de Tribunal. Que rebuscó en una mochila que llevaba y que miró el teléfono y sonrió con el mensaje de disculpa que enviaste de camino. Con la guardia baja, esperando por ti.

La felicidad es tornadiza y volverá la cara si no tiene toda la atención. Y cuando gira, tú la intuyes durante un instante y ahí casi que frenas y dices "hey" pero el reloj tira de ti hacia el tiempo, en contra del momento, y esa duda ya no viene al caso y se marcha.Y es luego cuando reaparece, ya solo en recuerdos, a jugar a los reproches. Para confirmarte que ahí estaba, que esos segundos eran todo, que ¿sabes? sí que era ella.



I thought I saw your mother last weekend, in the park 

It could've been anybody, it was after dark

You could've been there next to me,

and I'd have never known.