domingo, 14 de marzo de 2021

Los malos

Recuerdo que, de niño, llegué a comentar en voz alta la extraña elección que en mi opinión habían hecho mis abuelos con sus matrimonios. Según lo veía, en cada pareja había uno malo y uno bueno. De mis abuelos paternos, la mala era mi abuela. De los maternos, mi abuelo. Aquello no podía ser otra cosa que el desafortunado fruto de un malentendido, de modo que llegué a sugerirle a los dos malos que debían conocerse. Estas cosas hacía yo cuando tenía unos 5 años.

A dos de mis abuelos no parecían importarles mucho mis notas, los otros dos me insistían en que debían ser buenas. Dos de ellos me dejaban comer lo que quería y cuando quería, los otros dos querían que comiese a su hora y que comiera "comida de verdad". A dos de ellos no les molestaba si alguna vez me olvidaba de decir "por favor" o "gracias". O decía "acho". Los otros dos me corregían si eso pasaba. Si hacía alguna travesura, sabía qué dos serían mis partners in crime y qué dos me pedirían explicaciones. 

Veintidós años le han seguido a esos cinco y uno de mis abuelos hace algunos que no está. Afortunadamente, muchos años antes de que eso pasara, yo ya había comprendido que igual que otras que llegarían después, aquella era una idea que no dejaba de estar equivocada por más que a mí me hubiera parecido indiscutible durante un tiempo.

Por supuesto, ninguno era malo. Y por supuesto, los cuatro me trataban con todo el amor que tenían. Lo que sucede es que se ama de la forma que uno es. 

Para un niño es difícil entender algo así, pero de adulto he comprendido que para crecer de forma sana, niños y adultos necesitamos recibir un compuesto de ambos afectos. Uno indulgente que nos cobije, otro robusto que nos vertebre. Golosinas, sí. Pero verduras también.

Quizás porque uno tiende a pensar que lo que ve tan claro es también evidente para los demás, yo imaginaba que visiones como esa formaban parte de los hitos del desarrollo humano en el camino a la madurez y las encontraría como verdades asumidas en el mundo de los más que veinteañeros. 

No es así. En una época que ha encontrado en el aplazamiento perpetuo de la mayoría de edad la forma de evadir las verdades incómodas no hay oportunidades para los que se echan a la espalda el trabajo de ponerlas encima de la mesa. No está hecha esa apreciación para los que se enterrarán con cien años bajo una lápida que diga forever 21. 

El aguafiestas que te lleva a casa cuando ni al taxi llegas. La mandona que se carga el peso de que el trabajo salga bien. El cascarrabias que aborta con soluciones tu rollo autocompasivo. La seca que se encarga de que la cuenta del afterwork se pueda pagar. La antipática que asiste al que está enfermo a pesar de los malos modos, de las mezquindades, de todo. El insensible que te habla de asumir errores cuando empiezas a acumular fracasos.

Con ese manual de instrucciones hace el mundo el perverso reparto equitativo de sus horas: las de luz para los que hablan tierno y los risueños de a fondo perdido, las oscuras para los discretos que con sus manos callosas, porque alguien tiene que hacerlo, conservan su giro.

Preocuparse es duro y es tentador no hacerlo nunca por los que a fuerza de nadar en aguas bravas han ensanchado espaldas. Los hemos visto ya tantas veces sacar a otros del mar que corremos el riesgo de olvidar ingratamente que una mala ola arrastra, se lleva a cualquiera.

Ojalá nunca se le escape a tus ojos el zigzag disimulado, de pájaro herido, que harán las personas en las que pensaste al leer esto cuando tanto peso las pueda quebrar. Hundirse en secreto es la inercia de los que siempre tiran con todo. Si pensaste en ti, ojalá el mundo no te haya convencido todavía de que el cariño que ofreces es gris.



Esto es un reconocimiento a esas personas cuyo amor se subestima porque no es dulce, aunque justo sea su amor fuerte el que nos protege.


 


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