Hola. Mentí.
Con la mano en el tirador de la puerta, justo antes de marchar con un portazo, de hacer temblar el descansillo más mi temblor que mi despedida, mentí.
Ya no me tendrás como una tonta, parada junto al teléfono. Como una loca, sola, frecuentando nuestro viejo barrio, atravesando mi mirada el cristal del café frente al parque donde escribiste los mejores poemas. Ya no araré con las yemas de mis dedos los surcos de tu ropa que aún conservo. Esperando en una llamada, en una riña callejera, en un roto de la tela que tú usabas pero yo cuidé, el regreso de los soles que yo quise creer que eran nuestros. Eso dije ¿Sí recuerdas? Pero mentí.
Crucé nuestras calles y tu ropa la rompí, la rasgué después de remendarla, para volver a coserla días después. Sin dedal entre la aguja y mis dedos, como escudo entre el filo y mi sangre nunca hubo. También pasé las tardes junto al teléfono y frente al cristal cruzaron las estaciones, actuando la obra de los que están solos. Aunque casi siempre serena, tampoco reniego de los días que, llegadas las nueve o las diez, me consumía la rabia. Quise cogerlo con una mano y estrellarlo contra el suelo, contra la pared, lanzarlo al televisor, cortar el cable. Fueron los días de atardeceres tan bellos que parecía que llamabas, y luego nada.
Vivir con un genio es como vivir con una bestia. Quisiste llenar la casa de amigos a las cuatro de la mañana y apenas tocaban la puerta, ya no. Me sujetaste la boca para fingir que nadie había, mientras gritabas tú. Las hojas que ayer amabas, hoy las rompías, las quemabas en una chimenea de pleno agosto. Con ellas, también las mías. Dijiste que la ausencia de talento es un peligro porque se contagia. Tan solo en las noches creativas, y no siempre, hubo algo que pareció cariño y pasó como un gato negro sobre el tejado. Tan magro, tan callado, tan rápido que, ¿Acaso fue?
Pero quizás sea así, como ama un gato, de la única forma que ama el genio. Aliméntame. Cobíjame. Acaríciame. Ahora vete.
Fue en una vez de las que debí peregrinar para ti, entrada la madrugada, la letanía sórdida y triste de las tiendas de licor de la ciudad, cuando algo se quebró definitivamente. Llegué a casa aterida, con las manos abrasadas del invierno y el frío en la garganta a través de la bufanda. Miraste las botellas, luego a mí y dijiste “no”. Consideraste entonces que lo correcto era volcarlas al desagüe. En el metal del fregadero vi mi rostro escurrirse con el remolino ámbar del ron y aquello me pareció una buena metáfora de mí. Lo que ocurrió los días sucesivos ya lo conoces. Fueron los gritos, el portazo, el temblor y tras eso, todo lo que ya he confesado.
Para soltar mi mano de la mano tuya, de tus apegos feroces, quise escribir una carta. Sería una carta de amor, pero más bien parece ahora una a la memoria. Porque así es que yo te pienso. Pese a todo, con la belleza de los paisajes que recuerda un ciego. Con la esperanza que rezan los casos perdidos. Siempre esperando en lugares donde solo llegarías buscando, y serías entonces no ya tú, sino alguien como tú que al fin me busca. Ya ves qué barata te vendo mi bandera blanca a este ajuste de cuentas, que por ser para ti quien soy, ni cuenta ni ajusta nada.
(Carta de amor ficticia de Idea Vilariño a Juan Carlos Onetti)
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