Una noche, hace ahora casi tres semanas, nadie durmió en la urgencia del hospital en el que trabajo. En ese momento, seguramente nadie fue tampoco consciente de vivir el inicio de lo que después serían días trágicos pero históricos. La noche en vela desvirtuó las imágenes que conservo, pero se componen casi todas del resto de médicos y enfermeros con los que trabajé esa madrugada, inmersos en un movimiento frenético por tratar de sostener nuestro pequeño fuerte. También del shock a la mañana siguiente y del convencimiento estupefacto de haber sido tocados por el demonio invisible contra el que habíamos peleado las 24 horas previas.
Desvirtuados o no, ahora sé que esos recuerdos estarán conmigo para siempre. Muchas de las personas con las que compartí esa guardia cayeron enfermas a los pocos días. Al cabo de unos más lo hice yo mismo, y el confinamiento deja tiempo para pensar en muchas cosas. Algunas afortunadamente alegres, otras no.
Aprovechamos la paz para pelear contra molinos de viento y creamos enemigos inexistentes que traían épica a nuestras vidas fáciles. Ahora, la historia nos ha traído en un truco una III Guerra Mundial como nadie la esperaba, recordándonos de nuevo que a su lado somos solo niños que gatean.
La guerra llegó como una plaga, cabalgada por un enemigo que también era invisible –como aquellos que nos entretuvimos inventando– pero no irreal. Nunca imaginamos que esta vez sería el ejército el que haría los hospitales, y la batalla un puñado de soldaditos blancos. No lo vimos porque esperábamos Normandía.
Casi no rezaba desde el colegio católico al que fui. Ahora lo hago cada noche mirando al techo de mi pequeño cuarto mientras pienso en los soldaditos que yo conozco.
Pienso en mi madre, mi mujer de verde. Es enfermera de cuidados críticos y la imagino batallando con el material del que está hecha: la ternura con los vulnerables y la fiereza contra quien los desproteja. Con ambas me ha cuidado, y ninguna de las dos ha usado nunca para sí. A más de 300km ahora, a través de su imagen en la contienda me invaden el orgullo y el pánico.
Pienso en mis amigos de la facultad. A todos ellos, por unos u otros motivos, los he admirado en secreto desde el primer día. Alguno busca ya otro sitio al que mudarse para no poner en riesgo a su familia, pero aún no lo ha dicho. Los imagino como siempre, creciendo a enorme rapidez frente a cualquier cosa, más grandes que lo que viene, sea eso lo que sea. Y me pregunto también dónde, debajo de sus risas incansables, guarda cada uno su angustia y sus dudas.
Pienso en el resto de mis compañeros de curso. Me pregunto si estarán bien. Qué hacen. Si tienen miedo. Quién será cada noche, antes de dormir, su imagen sobre el techo.
Pienso en todos esos guerreros que en primera línea del frente han debido aprender a protegerse con bolsas de basura porque en un acto más de humillación se les niega su armadura.
Y pienso en el resto de quienes conozco, y también en los que no. Cuántos habrán perdido algo, cuántos todo. Cuántos aún no pero lo harán. Pienso en los abrazos que penden de un hilo. En las disculpas que han quedado sin decir. Y en los adioses negados. En los que construyeron todo lo que tenemos cuando tuvieron fuerza y ahora que ya no, se marchan sin que nadie coja su mano como enterrados en la arena de un reloj. Pienso en si nos quedarán de esto al menos las lecciones, o seguiremos apurando a los finales para decirnos lo importante.
Luego, de nuevo hasta mañana, espanto como puedo a los malos pensamientos y recordando el futuro que yo espero –el empeñado en ser promesa en lugar de una amenaza– me convenzo de que pasará.
Pasará. Y cuando pase, volveremos a ser el sol de Europa. Su contacto, su alegría y su verano eterno. Pero muchos ya no estarán aquí para verlo, y pienso que ojalá a ellos los tenga España siempre en su memoria, por si en esa obstinada esperanza pudiera nuestro recuerdo devolverlos a la vida.
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