He salido de guardia, he ido a comprar mis cereales favoritos al Mercadona y he visto que la balda estaba arrasada. He dicho cosas que han hecho llorar al niño Jesús y luego me he puesto a escribir esto por si ayuda a que algunos pongan sus prioridades en orden.
En primer lugar, entiendo que la situación es complicada. La información que llega –por vías científicas– ya es difícil de manejar incluso para los que tenemos conocimientos suficientes, por lo que es comprensible que aquellos que no los tienen puedan perder el norte ante la –pésima– información que llega por vía periodísticopolítica. Esto no significa que haya justificación para lo de mis cereales. Así que vamos por partes:
Para empezar, no existe cosa tal como “el coronavirus”. Los coronavirus son un grupo de virus pertenecientes a la misma familia, con distintos subtipos, que en su mayor parte son causantes de resfriados estacionales y gastroenteritis. Dentro de estos subtipos, se conocen tres con capacidad para producir cuadros de mayor gravedad en humanos. Uno de ellos, el más novedoso, es el que conocemos con el nombre de Covid19. Previamente, en 2002 y también con inicio en China, surgió el SARS-CoV (Severe Acute Respiratory Syndrome-Coronavirus), que alcanzó una tasa de mortalidad del 9’5% y del que no se han vuelto a detectar casos desde 2004. Tras él, el MERS-CoV (Middle East Respiratory Syndrome-Coronavirus) nace en Arabia Saudí durante el año 2012, afectando en su mayor parte a países de la península arábiga y alcanzando una mortalidad de hasta el 34’5% de los casos conocidos.
Estos virus tienen la capacidad de infectar tanto a humanos como a animales. En algunos casos, podría decirse que en realidad su principal hospedador son los animales y que de manera colateral pueden contagiar a las personas. Reciben entonces la categoría de zoonosis. Este sería el caso del MERS, cuyo reservorio inicial teórico habrían sido los murciélagos y su principal transmisor los dromedarios –de ahí su confinamiento a países Árabes-. Según la información de que se dispone, el virus actual tendría este mismo comportamiento, y aunque el/los animales a los que es propio no han sido identificados hasta ahora, parece que su principal fuente serían también los murciélagos. Sin embargo, que el brote naciera de este u otro animal es algo que en el momento actual tiene poca relevancia. El hecho de que se transmita entre humanos tiene mucha más y eso nos lleva a la siguiente parte.
Este virus se transmite de una persona a otra a través de pequeñas gotitas de fluido que se liberan al exterior cuando alguien habla o, más importantemente, tose. Esas gotas que contienen el virus pueden directamente infectar a alguien que las reciba o, menos frecuentemente, a través de la persistencia del patógeno en objetos inanimados que hayan sido impregnados con estas secreciones y con el que el futuro contagiado tenga contacto antes de, por ejemplo, frotarse los ojos o rascarse la nariz.
El virus no es tan fuerte como para atravesar nuestra piel, que supone una importante barrera defensiva. Sin embargo, las zonas que están desprovistas de ella –los ojos, la boca, el interior de la nariz…– son el talón de Aquiles. Esta información es la que justifica algunos de los consejos más importantes para detener el incremento de casos:
1. Lavarse las manos: Las manos son nuestro principal instrumento de contacto con el entorno y la manera más probable de interaccionar con superficies contaminadas es a través de ellas. El jabón o las soluciones desinfectantes matan el virus y muerto el virus no hay contagio. Fácil.
2. No te toques la cara: Probablemente la medida más disponible y al mismo tiempo más difícil de adoptar. Un curioso estudio realizado en 2015 demostró que nos tocamos la cara un promedio de 3000 veces al día, la mayoría de ellas de forma inconsciente. Si nuestras manos entran en contacto con el virus y posteriormente nos tocamos la cara, acercamos todo el material infeccioso a nuestros tres puntos débiles: ojos, nariz, boca.
3. Si vas a toser, tápate con el codo: Tengo una amiga que odia que le toquen el codo. Y tiene razón, tocarle el codo a la gente no es algo natural. Por este motivo, si una persona infectada tose en el interior de su codo, el riesgo de que esta parte de su cuerpo contamine otras superficies es muy bajo. Desde luego, muy inferior al de toser sobre la palma de la mano. Además, al usar la mano para taparnos infringimos de manera directa la norma número dos.
Y otras medidas más:
3. No visites lugares concurridos a menos que sea necesario –especialmente centros sanitarios–. La gente hace de normal un uso irracional e irresponsable de los servicios sanitarios. Punto. No todo malestar justifica una visita al médico y mucho menos a urgencias. Si hoy te duele un poco el pie, ya se te pasará. Si tienes una contractura, deja de ir al gimnasio unos días. Si te duele la cabeza, toma el analgésico que has tomado cuarenta veces o espera un rato a que se te pase. Eso debería ser así siempre. Hoy, aún más. Los centros sanitarios son enormes focos de contagio por lo obvio: están llenos de gente enferma.
4. Haz un buen uso de las mascarillas: si eres de los que ha escuchado eso de que la mascarilla no protege pero has hecho acopio porque “entonces por qué los médicos las llevan, eh”, tengo una mala noticia para ti y para todos. Eres otro idiota suelto sin supervisión. No existe ninguna conspiración sanitaria que pretenda engañarte para que te contagies antes que nosotros. La cosa va así: hay distintos tipos de mascarillas. Las que la mayoría está usando para no contagiarse son las que coloquialmente llamamos “quirúrgicas”, que están diseñadas para que de los orificios faciales del que las lleva no salgan partículas que contaminen el exterior. Por tanto, estas mascarillas no son útiles para no contagiarse sino para no contagiar a otros. El motivo de que los sanitarios las llevemos es que somos personal expuesto y por tanto nuestro riesgo de infectarnos y transmitir a otros la infección se presupone mayor. No nos las ponemos para no contagiarnos nosotros sino para no contagiar a los demás. Las mascarillas que usamos para protegernos de la infección al contactar con posibles casos son de otro tipo. Además, las mascarillas son un utensilio que se contamina rápidamente. Si manoseas la mascarilla y luego te la pones en contacto directo con boca y nariz, ¿qué estas consiguiendo? Incumplir el punto dos. Sin embargo, si has estado expuesto al virus y crees que puedes contagiar a otros, el uso de la mascarilla al estar en contacto con personas sanas vulnerables es buena idea. En caso contrario, deja de intentar conseguirlas. Puede parecerte increíble, pero en algunos hospitales ya no hay suficientes para seguir viendo pacientes.
Hasta ahora, todo es tan sencillo que hasta un niño lo entendería. Pero este texto está dirigido a adultos y, por tanto, en lo que sigue es hora de que nos tratemos como adultos. Eso requiere necesariamente hablar con franqueza de temas difíciles.
Es un mecanismo defensivo humano negar las realidades que nos hacen sentir incómodos. Sin embargo, no es posible evitar las consecuencias de negar la realidad. Por eso, si alguno aún necesita que alguien se lo diga abiertamente para empezar a creerlo, aquí dejo el mensaje: la situación es realmente grave. Voy a intentar explicar por qué.
Se dijo al principio que el Covid19 era como una gripe. Posteriormente ha empezado a decirse que no. Yo creo que, al menos desde el punto de vista teórico, la comparativa entre ambas infecciones es más que válida porque:
1. Los síntomas son similares: la afectación de ambas patologías es principalmente respiratoria, asociando fiebre, tos, malestar general y otros rasgos menos frecuentes pero también propios de los virus como la cefalea o el malestar intestinal.
2. Rapidez de contagio: en epidemiología y salud pública, cuando se quiere estudiar el potencial de contagio de una enfermedad, frecuentemente se utiliza un parámetro llamado número reproductivo básico o R0. El R0 representa el promedio de nuevos casos que se deben a un caso preexistente durante un cierto periodo de tiempo. Se considera que una enfermedad tiene un alto riesgo de contagio cuando el R0 es mayor a 1. Si comparamos dicho parámetro para el virus de la gripe gripe –técnicamente llamado Influenza– y el Covid19, obtenemos valores de 1’3 y 2’2 respectivamente. A simple vista, parece claro que el ritmo de contagio del Coronavirus es muy superior respecto al virus de la Influenza. Sin embargo, estos datos resultan engañosos si los observamos por sí solos, sin tener en cuenta un enorme factor de distorsión. La gripe es un virus para el que existe una vacuna de eficacia relativamente alta, no siendo así para Covid19. Para entender la influencia lógica que esto tiene sobre el ritmo de contagio, es necesario describir brevemente el concepto de inmunidad de rebaño. Cuando un gran número de personas se vacunan respecto a una determinada enfermedad, estas personas actúan de manera indirecta como cortafuegos a la hora de evitar el contagio de los no vacunados. Si un virus ha de transmitirse de una persona a otra, es difícil que lo haga eficazmente cuando se encuentra “aislado” entre personas que gracias a la vacunación no pueden contraerlo y por tanto no pueden extenderlo. Esto hace tiene una gran importancia a la hora de interpretar el R0 de las infecciones que comparamos, ya que la gripe cuenta con esos cortafuegos para ralentizar su ritmo infeccioso, al contrario que el Covid 19. Las conclusiones que pueden sacarse de esto son principalmente dos. La primera, que la capacidad infecciosa intrínseca de ambos patógenos probablemente sea similar y la superioridad del Covid respecto a Influenza se deba en gran parte en la no-existencia de una vacuna eficaz por el momento. La segunda: vacúnate de la gripe, joder.
3. La gravedad de la enfermedad es similar. Sé que existen datos recientes que contradicen esta afirmación y lo cierto es que yo no puedo aportar otros sustentados en la evidencia para rebatirlos, pero puedo tratar de explicar por qué creo que lo más lógico es asumir que es así. Para empezar, muchas personas están convencidas de que la gripe es una enfermedad leve. Esto no es del todo cierto. El virus de la Influenza tiene capacidad para matar fácilmente a personas vulnerables, como de hecho hace cada año. ¿Quiénes son estas personas vulnerables? Lógicamente, sobre todo personas mayores y/o con enfermedades sistémicas, respiratorias o cardiacas preexistentes. ¿De qué otro virus llevamos semanas escuchando lo mismo? Exacto. De hecho, también existen casos –por fortuna habitualmente excepcionales– de personas jóvenes y sanas que finalmente fallecen a causa del virus de la gripe, cosa que sucede de igual manera con los infectados por Coronavirus. Si hablamos de números, sabemos que la tasa de mortalidad anual de la gripe –por ejemplo, en USA– es del 0’1%. La actual tasa de mortalidad por Covid19 se ha fijado en 2’3% por ahora. Sin embargo, probablemente la diferencia entre ambos patógenos sea de nuevo muy inferior a la que reflejan los datos. Por qué: A la hora de establecer comparaciones objetivas, encontramos varias dificultades. La primera es que es casi imposible extrapolar las estadísticas que poseemos sobre la gripe –cuantiosas, muy estudiadas, de afectación global– a las del Covid19 –mucho más escasas, aún en confección, circunscritas al puñado de zonas afectadas y a las condiciones de vida vinculadas, ampliamente afectadas por sesgos de cointervención–. La segunda, la gripe es una enfermedad que conocemos, para la que existe una vacuna y sobre la que cada año se ponen en marcha campañas de prevención. Nos pilla preparados. De hecho, cuando no es así, la gripe también produce clusters importantes de mortalidad (“gripe aviar”, “gripe porcina”…). El Coronavirus ha aparecido de la nada, por sorpresa, y procedente de un país con una gran capacidad de exportación que además tiene como norma la opacidad informativa y el falseamiento de datos. De nuevo, no disponemos de una vacuna ni conocemos su ciclo exacto. Por último, hay que comprender que las tasas de mortalidad se ven muy sesgadas según los procedimientos diagnósticos previos. Disponemos de pruebas baratas y rápidas para el diagnóstico de la gripe y por tanto frecuentemente se realizan a la población general. De hecho, en época de gripe estacional, la evidencia respalda asumir que un cuadro compatible es un diagnóstico de gripe. De esta manera, el número de personas diagnosticadas es enorme e incluye a personas graves, personas con síntomas leves, personas en riesgo y personas que no. Esto es radicalmente distinto para el Coronavirus. Por poner un ejemplo, los protocolos puestos en marcha recientemente por el Ministerio de Sanidad –una auténtica chapuza– tenían como uno de los criterios para realizar la prueba diagnóstica del Covid la gravedad del paciente. Si la disponibilidad de pruebas es baja y este es uno de los criterios, el resultado directo es que el diagnóstico de Coronavirus se hace de manera
muy superior en personas con un estado basal grave –y por tanto con un mayor riesgo de muerte– que en aquellas asintomáticas/leves, sobreestimando por tanto la tasa de letalidad.
Estamos diciendo que, aunque claramente son enfermedades distintas, sí podemos asumir que ambas tienen grandes similitudes en aspectos clave. Entonces, ¿Por qué tanta alarma? Ahora es cuando viene la parte más fea.
En primer lugar, este subtipo de Coronavirus es novedoso. No conocemos sus efectos ni su alcance, solo podemos especular sobre sus complicaciones y por tanto genera un nivel de incertidumbre que hay que enfrentar con razonables niveles de precaución.
En segundo lugar, como hemos visto –y sea por los motivos que sea– se trata de un virus con una frenética rapidez de contagio. En el mundo globalizado en el que vivimos, la capacidad que tiene para producir una afectación mundial es colosal. De hecho, la OMS estableció ya en el día de ayer la categoría de pandemia para la infección. Aunque antes solo se ha comentado de pasada, uno de los factores determinantes de mortalidad del Covid19 –y de la gripe– es el nivel adquisitivo y capacidad técnica del entorno en el que impacta. Podríamos asumir –de manera en la práctica equivocada, ahora veremos por qué– que la importancia del contagio en países desarrollados –con buenas condiciones higiénicas, buen estado de medios sanitarios, disposición de técnicas sanitarias potentes– es baja. Sin embargo, ¿qué sucedería si un virus así llega a países en vías de desarrollo? No es ético negar la evidencia en este punto. Si la enfermedad llega a países de esas características… Correrá como la pólvora. Matará a miles. Se lo llevará todo.
Teniendo la información suficiente para aseverar que esto será así, nos vemos también en la obligación moral de presentarnos nosotros, que sí podemos hacer frente al virus, como escudo humano para los que no. Debemos esforzarnos en ser su inmunidad de rebaño.
No voy a juzgar a las personas para las que esto no sea motivo suficiente de compromiso. Considero otra característica plenamente humana la de preocuparse sobre todo por aquellos que son cercanos, aquellos que son como nosotros. Los nuestros. Creo que es algo con una más que aceptable carga lógica y me parece un buen rasgo de voluntad evolutiva. Pero para ellos, para vosotros, también tengo argumentos de peso.
No recurramos a chamanerías y volvamos brevemente a los números. Las estadísticas de que disponemos describen que de todas las personas que se infecten por el Covid19, un 81% pasarán la enfermedad de forma totalmente asintomática o leve (debido a la forma de contagio, las personas que no tosen tienen menor riesgo de contagiar a otros, pero tanto aquellas que no desarrollarán síntomas en ningún momento como aquellas que aún no lo han hecho por estar en periodo de incubación parecen tener capacidad infectiva). Otro 14% presentará síntomas graves. El 5% llegará a presentar un estado crítico. Se estima que el 2’5% fallecerá a causa de la infección.
A día de hoy, y en vergonzoso grado debido –es justo y obligado decirlo– a la criminal actuación del Gobierno desde el inicio de esta crisis (si la ciudadanía y más concretamente las autoridades sanitarias no exigen pasado el momento crítico dimisiones masivas del ejecutivo, no tendremos ni perdón ni excusa como sociedad) las medidas y el esfuerzo necesarios para evitar la expansión total del virus son titánicos. De hecho, una enorme parte de la sociedad médica (no hablamos de politicuchos de tres al cuarto) prácticamente ha asumido que el contagio de casi la totalidad de la población en un momento u otro es ya a estas alturas inevitable. Si tiramos de brocha gorda y aplicamos los porcentajes a la población española, es cuestión de cuatro cuentas estimar de manera aproximada cuántas personas correrán qué destino.
Que todo el mundo se contagia en algún momento es una posibilidad (de probabilidad mucho más alta de que lo que la gente va a aceptar a pesar de este texto) que sin embargo no es la más grave ante la que podemos encontrarnos. ¿Cuál es el problema real? ¿Qué puede hacerlo aún peor? Que este virus se está extendiendo con la rapidez de un rabioso incendio invisible.
La gripe infecta cada año a un gran número de personas, pero debido a la vacuna y a las medidas de prevención se consigue habitualmente que el contagio se produzca de manera escalonada. Esto permite que los recursos sanitarios que España posee puedan hacer frente de manera efectiva a los casos que se van dando. No es este el caso del Covid 19. La rapidez con la que está infectando es tal que si de alguna manera no conseguimos ralentizar su avance, de aquí a pocas semanas el número de afectados superará las capacidades de nuestro sistema de forma incompensable. Sé que suena apocalíptico, imposible, un delirio distópico. Os aseguro que no me he tomado varias horas de mi tiempo en explicar todo esto para acabar dando un mensaje loco de alarma injustificada ni es algo con lo que yo esté especulando de manera individual. Son muchísimos los médicos, en muchos casos especialistas en el campo de la salud pública, que están empezando a hablar no ya de si esto va a producirse o no sino de qué vamos a hacer cuando se produzca. La gente tiene que meterse en la cabeza que el camino que llevamos conduce de forma casi inevitable a esta situación.
Para quien aún no tenga claro lo que esto significa, vamos a aclararlo con un ejemplo. Al ritmo que avanza, y teniendo en cuenta los porcentajes teóricos de clasificación de pacientes según su clínica que hemos descrito arriba, con un 14% de pacientes en estado grave y un 5% en estado crítico, las necesidades de unidades de hospitalización y unidades de cuidados críticos se verían desbordadas en el plazo de 2-3 semanas aproximadamente. No existen ni por asomo suficientes unidades de críticos que puedan asumir el porcentaje teórico de pacientes que serían candidatos al ritmo que se producen los contagios. Eso, sin contar todos los que precisarían de estos cuidados por causas ajenas al virus. Llegados a este punto, la única alternativa posible sería comenzar a desestimar a pacientes por probabilidades de supervivencia (que en gran medida estarían definidos por su edad). Hablando aún más claro, para que todo el mundo entienda a la perfección lo que se está tratando de decir. Si llegamos a esto, los sanitarios nos veríamos obligados a decidir, entre dos pacientes que los necesitan, quién recibirá los cuidados y quién no lo hará. Para tomar la decisión, se tendrían en cuenta factores aún por definir pero que de forma segura irán encaminados a seleccionar al paciente más joven y más sano. Dijimos de hablar de adulto a adulto, y en eso seguimos. Así que voy a darte una mala noticia. Si crees que por ejemplo tu abuelo, por el hecho de ser tu abuelo, sería uno de los pacientes afortunadamente seleccionados para recibir los cuidados que le salvarían la vida, aún no te estás enterando de nada.
Para evitar que esto se produzca, o mejor dicho, para conseguir que no se produzca en toda su intensidad, el objetivo principal está dejando de ser que la gente no se contagie –ya que empieza a parecer una utopía– sino que la gente se contagie lo suficientemente lento como para que el sistema sanitario pueda ir asumiendo el cuidado de la mayor parte de los afectados. Para conseguir esto, además de todas las decisiones que el gobierno debería estar tomando y no toma, es necesario que los ciudadanos nos concienciemos –no mañana, sino ayer– de la necesidad de extremar las medidas de prevención de infección. En su mayoría, tan solo son cuestión de responsabilidad y fuerza de voluntad.
Intenta respetar un metro de distancia. Lávate las manos. No te toques la cara. Cúbrete flexionando el codo cuando tosas. Evita las aglomeraciones, sobre todo los centros sanitarios si no es extremadamente necesario. Lo de las aglomeraciones incluye discotecas y fiestas. Si tienes síntomas o contactos de riesgo, respeta la cuarentena y llama a los números de información asignados a cada comunidad.
¿No estás dispuesto a hacerlo por esos africanos que no conoces de nada? Vale.
Ahora te pregunto:
¿Y por tus abuelos?
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